Cuando fumar era un placer
Fumar era, hasta hace relativamente poco tiempo, una costumbre social no solo admitida, sino que formaba parte del imaginario colectivo como algo lúdico, quizá por la difusión de imágenes “humeantes” en escenas de películas mitológicas de ayer y de hoy.
Creo recordar que fue Winston Churchill, siempre con un puro en la mano, quien dijo que dejar de fumar era muy fácil porque él lo había dejado cientos de veces, lo que viene a significar que ya en su época, a mediados del siglo pasado, se tenía conciencia del peligro de tabaco, pero se hablaba de ello frívolamente.
Antes se podía fumar en todas partes, pero desde que empezaron seriamente las campañas contra el tabaquismo cada vez se va reduciendo más el consumo como consecuencia del rechazo social que genera.
Realmente, la sociedad ya está bastante concienciada del riesgo que supone para la salud de los fumadores y de su entorno el consumo habitual del tabaco, por lo que son bienvenidos todos los esfuerzos que contribuyan a erradicar esta nociva costumbre.
Ahora es noticia en todos los medios que la sanidad pública, por primera vez, va a financiar un fármaco para dejar de fumar, una iniciativa que hay que aplaudir por la ayuda que pueda significar para combatir esta adicción. El medicamento en cuestión está básicamente concebido para aliviar la ansiedad que produce dejar de fumar y disminuye considerablemente el placer de volver a encender un cigarrillo.
Es, sin, duda, un gran avance que la sanidad pública se haya hecho cargo de este problema social, pero sería deseable que también pudiera financiar campañas de prevención del tabaquismo, sobre todo orientadas hacia los jóvenes, que cada vez se inician antes en el hábito de fumar, lo que puede generarles secuelas irreversibles.
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