Comentario al artículo de don Jaime Álvarez-Buylla
Apreciado Jaime, leído tu artículo del sábado pasado 29-09-2019, observo con cuánta resignación lamentas lo que ocurre con el transcurso del tiempo. La vida es una enfermedad con la que nacemos y no tiene remedio en el ámbito en que nos desenvolvemos. En efecto, unos primero, otros más tarde, la vida nos conduce a la muerte y como eso es así hay que admitirlo sin desesperación. Como bien dices en tu panegírico por la muerte de don Jaime Martínez, Jesucristo, Dios y Hombre, nos legó aquella expresión sublime: “Yo soy la verdad y la vida, quien sigue mi camino no morirá para siempre”.
El hombre, criatura de Dios, fue creado para vivir por toda la eternidad, siendo fiel a su creador. Sin embargo, esa obligación que nos debía imponer la gratitud fue violada: “Pecado Original” que nos priva vivir por toda la eternidad en la presencia de Dios. No obstante, Dios, en su misericordia infinita, quiso redimirnos y que sus criaturas pudiéramos recobrar la dignidad para la que habíamos sido creados. Naturalmente había que hacer un sacrificio digno de su divinidad, un sacrificio puro.
El hombre, manchado con el Pecado Original, no podía ser la víctima adecuada, no podía ser el cordero apto para el sacrificio. Por eso Dios en su omnipotencia y sabiduría creó a la víctima adecuada, que no tuviese mancha, que no tuviere la mácula del pecado cometido. Esa víctima adecuada para ser inmaculada habría de nacer del seno de una mujer inmaculada; como entre el género humano tal prodigio no se daba, había que elegir a la mujer que pudiese ser digna de albergar en su seno a la víctima que nos habría de redimir del horroroso “Pecado Original” y Dios eligió a María, Virgen que habría de nacer sin mancha, por lo que podría acoger en su seno a la víctima adecuada. ¿Cuál habría de ser la víctima? El hombre ya hemos dicho que no podía ser. La única víctima que podía aplacar a Dios no podía nacer con el concurso de hombre en el seno puro de María. La solución no era otra que Dios engendrase de la Virgen a quien habría de ser la víctima y Jesucristo-Hombre fue engendrado por el Espíritu Santo, en su calidad de Hombre y Dios.
Todo este preámbulo lo estimo necesario para demostrar, eso creo, que la muerte no es una desgracia, pues es necesaria para merecer la resurrección que Jesucristo-Dios nos ha prometido y que cumplirá, pues no es concebible que Dios mienta.
Lo primero que tuvo que hacer Jesucristo, como hombre, fue sacrificarse como víctima pura para redimirnos del Pecado Original. Naturalmente, quien murió en la cruz fue un hombre, pues Dios, por esencia es inmortal. Jesucristo en su vida entre sus semejantes realizó infinidad de prodigios, incluso resurrección de muertos, estos, naturalmente, en su calidad de Dios. El hombre no es capaz de realizar el prodigio de resucitar al hombre, por lo que a Jesucristo-Hombre estimo que lo resucitó el mismo Dios que, una vez redimidos por el bautismo, nos resucitará a nosotros a la consumación de los tiempos.
Por tanto, apreciado Jaime, no debemos tener pavor a la muerte: sin ella no es posible la resurrección. ¿Que cuándo llegará esta? Lo de menos es el cuándo, si no el cómo. ¿Por nuestro comportamiento en el transcurso de la vida habremos hecho méritos suficientes para poder gozar de la bienaventuranza eterna, gozando de la presencia del Sumo-Hacedor? O por lo contrario: ¿No seremos merecedores de ello? Siendo el verdadero infierno el no poder gozar de su presencia.
A todos los que leáis este escrito, si merece vuestra atención, conocidos o no conocidos, de cualquier raza o creencia, os deseo lo que deseo para mí: que seamos dignos de alabar a Dios por toda la eternidad. En cuanto a cuándo nos llegará esta dicha, opino que ocurrirá de la misma manera que al acostarnos a dormir y despertarnos. Cuando nos depositen en el seno de la madre tierra, la impresión que tendremos, opino yo, es la misma que si despertáramos del sueño diario, ya que para el muerto: el tiempo no cuenta.
Si no estáis de acuerdo con todo lo dicho, de verdad, no me parece mal.
Un cordial abrazo, Jaime.
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