La eficiencia energética y la calidad del aire: un matrimonio mal avenido
La eficiencia energética, que puede ser estimada como un derroche económico a priori, ocasiona a largo plazo el ahorro económico en cuanto a gasto energético. Esto quiere decir que, aunque a corto plazo suponga tener que realizar una inversión económica casi siempre considerable, a largo plazo se podrá conseguir un ahorro y se logrará conseguir un mismo fin empleando menos energía, obteniendo un ahorro en la próxima facturación eléctrica.
Este fenómeno está íntimamente relacionado con la calidad del aire, ya que, si todo el mundo invirtiese en eficiencia energética, las emisiones atmosféricas de las distintas industrias destinadas a la producción energética o que bien necesiten generar energía para sus intereses se verían reducidas. Esto es debido a que no haría falta generar un exceso de energía, por lo cual estas industrias quemarían menos combustible y, por consiguiente, se reducirían las emisiones.
El tráfico también es otra actividad que pondera significativamente la contaminación atmosférica; por eso es por lo que una mayor eficiencia energética en los motores de combustión lograría un menor gasto energético en forma de calor residual y así transformar esa energía en movimiento para el vehículo. De esta manera se consumiría menos combustible, aprovechando el máximo combustible posible para el fin que está destinado: provocar el movimiento del vehículo.
Con respecto a los vehículos eléctricos, hay una tesitura un tanto compleja, ya que sí que es cierto que de forma directa sus emisiones a la atmósfera son inexistentes, pero recientes estudios han demostrado que, haciendo un balance del total de la producción de estos vehículos, sus emisiones de CO2 equivalente son bastante superiores a las de la producción de sus parientes de combustión, con lo que es un tema del que, hasta que no sea un tanto más maduro en cuanto a investigaciones se refiere, me inclino a no opinar al respecto.
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