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Tropezar dos veces con la misma piedra

7 de Octubre del 2019 - Mili de la Maza Fernández (Parres)

Han vuelto las aguas a reclamar su paso. En demasiadas zonas de España no llueve a gusto de todos. Sería de necios cuestionar la Naturaleza. Sus dominios nos incluyen a todos. Se intentan paliar sus embates, pero no es una fementida desbocada que uno nunca sepa por dónde va a salir. Olvidar su poder es imprudente, demasiado osado intentar birlarle lo suyo, y en Arriondas lo sabemos bien.

Los que creen que un muro va a parar las avenidas de los ríos muestran muy poco juicio y ningún respeto por la sabiduría que ha marcado el devenir del hombre desde tiempos remotos. El río es un ecosistema vivo y cambiante que no consiente que le impongan recorridos o le confinen en un espacio acotado. Las actuaciones que las administraciones han de asumir deben solucionar problemas reales de un modo definitivo, no parchear o ensayar remedios ocurrentes. El coste de semejante obra supondría asistir una vez más al levantamiento, con el dinero de todos, de algo inútil y horroroso que sumar en el haber de los gobiernos que en este Principado se ceban sin piedad.

Nota: Por favor, que salga el cargo acompañado del nombre del autor de la carta

Cualquier ribereño entrado en años podría explicarles a esos, a los que habrán de decidir qué se hace, que los cauces han de estar limpios, que al río hay que respetarle su sitio y que la piedra acumulada en tantos años de restricciones y prohibiciones ha logrado elevar los lechos fluviales de manera sobresaliente. Tenemos que ser conscientes de que la roca caliza que nos imprime carácter en esta Asturias paraíso natural es permeable y soluble, lo que quiere decir que allí donde el agua la toque se dejará querer y emprenderá gustosa la ruta que sea tras de esa corriente continua que decíamos para definir un río. Miremos todos esas zonas de los ríos que están ligadas a nuestra infancia. Han cambiado, ya no las reconocemos. Por una parte, las acumulaciones de sedimentos minerales han hecho que afloren islas a cada mansa y que en estas la vegetación invasora crezca a sus anchas. Por otro, las orillas se han vuelto intransitables, el campo ya no se trabaja, el ganado que queda es el entretenimiento de cuatro jubilados, los fuegos de las casas se sostienen con gas o electricidad, las maderas que la corriente parte y reparte no se aprovechan; a los molinos se les dio la espalda hasta que a los cuatro que quedaron se les tildó de patrimonio, y todos sabemos lo que eso significa (mantener en pie a un muerto para que nos recuerde qué fuimos); bañarse en el río tampoco se estila y además la contaminación salpica la vista, y eso que nunca como en nuestros días habíamos tenido una estación depuradora tan a mano; los pescadores se ven como a depredadores infectos aunque se esfuercen por recuperar con sueltas la fauna que requieren. Se hará bueno y literal lo de tropezar dos veces con la misma piedra.

Evitemos convertir Arriondas en un lugar tras un muro de hormigón. Lo más preciado de nuestra villa es la zona ribereña de los ríos Piloña y Sella, donde luce el primer sol y se abre el mirador natural de los Picos de Europa.

Apostemos por limpiar y recuperar los cauces reales, por hacerlo periódicamente y en positivo. Tanto esfuerzo para educarnos en reciclar y reutilizar la basura que nuestra humana actividad genera y los residuos que la propia naturaleza nos ofrece lo despreciamos.

¿Aprenderemos algún día que los muros nunca son la solución?

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