A la banalidad política tras el acoso, morbo y sexo
Es obvio que éste es un tema delicado y difícil, en el que muchos preferirían no entrar; pero es claro también que eludirlo sería una cómoda cobardía e irresponsabilidad, precisamente ahora que se acude al recurso del escándalo para escamotear información política, cuando faltan talento parlamentario y gallardía dialéctica.
También es conocida la receta de que hay que tener “entretenida” a la gente, porque el entretenimiento es el “sedante” social.
La sexualidad (con sus afines, el acoso y el morbo) es un tema transcendente, que no hay que eludir cuando se desborda inaceptablemente, y que requiere ser tratado con sobriedad, respeto, estima, intimidad y voluntariedad. Pero empecemos más atrás:
Los primeros tiempos de la Humanidad –lo digo como paleontólogo– nos presentan una primera forma de sociedad, ya con división de trabajo, impuesta por la Biología: El hombre aparece vinculado a la caza, tras la que ha de desplazarse rápidamente kilómetros antes de enfrentarse a las piezas y abatirlas. La mujer, condicionada por dificultades de movilidad impuestas por sus frecuentes embarazos, y con menos facilidades de desplazamiento, se dedica a la recolección de alimentos vegetales en un entorno más próximo; y a su vez por ello centrada en las complejas tareas de atención al hogar y cuidado de los niños y ancianos, con un trabajo no menos abrumador y más delicado que el del varón; simplemente menos agitado y violento.
El posterior desarrollo de la Humanidad en miles de años da lugar a dos cambios revolucionarios. El varón cazador, tras la domesticación de algunas de sus presas, se vuelve ganadero, con lo que no tiene que desplazarse tras la caza y seguir a las presas. Las mujeres pasan en paralelo de distanciarse progresivamente para atender a sus tareas recolectoras, a centrar su tarea más próxima en las huertas que rodean sus viviendas. Los cambios son fantásticos, porque, al permitir la fijación de la población, aproximan a las personas, facilitan su relación habitual, permiten el mayor intercambio de ideas, y desarrollan la cultura, así como la especialización progresiva del trabajo. En pocas palabras, se propicia el desarrollo de una nueva sociedad más cooperativa, compleja y confortable.
Asistimos así al desarrollo de las primeras villas y ciudades; y la mayor proximidad de los ciudadanos, también con roces sociales, obliga a implantar servicios de policía, justicia y protocolo para regular la convivencia.
Esta mayor concentración de población, digámoslo también, disminuye la frecuencia de matrimonios consanguíneos y mejora el genoma humano.
Tras esta digresión social, volvamos al ámbito de las relaciones sexuales que, como habíamos apuntado, han de ser especialmente respetuosas, íntimas, afectivas y, en todo caso, voluntarias. Es claro que, en general, han evolucionado progresivamente con el tiempo, y que lamentablemente pueden involucionar. Todos recordamos periodos de efluvios románticos. Por otra parte, asistimos a episodios pasados y actuales de dura imposición asimétrica, tiranía y sucesos de acoso brutales, desde la mayor fuerza física masculina, que a veces encuentran alguna forma de compensación en la paciencia e ingenio de algunas venganzas femeninas. En este sentido, es proverbial el mayor y más justificado uso del veneno por las mujeres, que se recoge en tratados de Toxicología. Recordemos a Mme. Brinvilliers.
El camino racional, feliz y deseable es, evidentemente, la buena disposición de féminas y varones en la actitud de entrega mutua que proporciona la empatía. Y no olvidemos que toda relación humana, para bien o para mal, comienza siempre por la palabra, y de ahí trasciende a las actitudes y a los hechos. El lenguaje hay que cuidarlo para proteger la convivencia.
En la sociedad actual, se están dando casos insólitos y abominables de acoso sexual con violaciones en grupo, que, por su cobardía, abuso y brutalidad, merecen la mayor reprobación y represión penal. Psicólogos, educadores y psiquiatras coincidimos en que estos despreciables individuos suelen ser reincidentes si encuentran la oportunidad. La Ley debe ser contundente con ellos.
Las relaciones sexuales han de atender especialmente a cuidar actitudes, métodos y formas que, en todo caso y momento, deben ser positivas, amables, consideradas y aceptadas por las dos partes de la pareja. Ha de descartarse, obviamente, la expresión de cualquier sentimiento de posesión o dominio, y potenciarse los de oferencia y entrega.
El tratamiento de esta temática en los Medios de Comunicación Social (MCS) ha de estar presidido por la idea de contribuir a la formación cívica, de acuerdo con la madurez y el momento de los espectadores; considerar la improcedencia de la explicitud de detalles morbosos; despreciar necias jactancias y desafortunadas valoraciones, como: “El sexo, la violencia y el morbo venden y entretienen” (sic). ¿Adónde vamos con eso?
La ética informativa, libremente asumida, es una responsabilidad irrenunciable en cualquier régimen político, y ha de imponerse siempre “porque los MCS son un medio esencial de formación cívica”; tanto o más que las escuelas, institutos y universidades. Conste que lo digo como viejo, documentado y experimentado profesional de la docencia.
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