¿Mil osos pardos en Asturias?
El oso pardo ha dejado de ser una aparición fugaz en el solar asturiano. Se ha puesto en garantía de viabilidad la consolidación de esta especie de la que no está autorizado su aprovechamiento cinegético desde 1967, con un periodo previo que duró cinco años desde 1951. En la década de los sesenta del siglo pasado, se estimaba la población osera en un número de sesenta ejemplares, es de suponer referido al conjunto de la cordillera Cantábrica, siendo el Principado de Asturias el que mayor soporte aguanta en relación con las provincias limítrofes. Hoy, sin datos oficiales que corroboren su densidad, debido a las dificultades técnicas que ofrece elaborar su conteo, es posible se pueda establecer, en el orden de los 300 individuos, aunque hay quien afirma desde la sabiduría popular que este muestreo está muy por debajo de las expectativas reales de crecimiento para ser considerad objetivo.
Avistar osos en Asturias se ha convertido en una estampa normal. Se logra con relativa facilidad, en visitas guiadas promovidas y programadas por el sector turístico local, desde miradores acondicionados a tales efectos, guardando prudencial distancia con las zonas de montaña donde habita y se encuentran los mayores núcleos de población de este plantígrado a fin de procurar no interferirlos en nada. Se han hecho también costumbre encuentros casuales con el hombre sin que se tengan noticias de algún tipo de contratiempo, más allá de la sorpresa que produce y la intimidación que supone hallarse frente a un animal salvaje de estas proporciones y características. Con regularidad se localizan huellas inconfundibles que va dejando a su paso este poderoso animal en zonas donde hace mucho tiempo desapareció. Ambas cosas tienen el significado de ser la constatación veraz de un proceso evolutivo.
De todo esto la sociedad tiene que congratularse, como no puede ser de otra manera.
Pero una vez llegados hasta aquí, cabe reflexionar sobre la profecía que dícese ha hecho un llamado experto en la materia que es lo que me ha movido a redactar este artículo. El proclamado especialista en cuestión tan sumamente delicada afirmó ante un auditorio atento la necesidad de alcanzar la referencia de los mil ejemplares de osos en Asturias. Es el límite mínimo que considera razonable lograr como punto de partida para que el oso pardo español deje de pertenecer al club de especies silvestres en peligro de extinción.
Desconozco cómo se podría conjugar la coexistencia de un millar de osos con la sociedad civil asturiana, de forma especial para el mundo rural, sin olvidar ese “turismo verde” que nos visita, cada vez con mayor afluencia, que irrumpe en el ecosistema recorriendo numerosas sendas que discurren por nuestros valles altos y rutas enmarcadas en duras y ásperas montañas en donde suele habitar el oso. En el imaginario colectivo de una parte importante de la ciudadanía subyace la creencia de que un oso en libertad tiene instintos primarios que obligan al hombre a sentirse desconfiado, cuando no temeroso, de la presencia de su imponente figura en estado de libertad y en pleno apogeo de sus facultades. Nunca llegaremos a saber a ciencia cierta cuáles son las reacciones del oso, aunque habrá quien diga lo contrario. Y es que también estas cosas es posible razonarlas con criterio propio, fuera de la dimensión del pensamiento ideológico del ecologismo y animalismo.
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