Ecuador en su laberinto
La última vez que escribí algo sobre Ecuador fue en términos festivos. Mi experiencia vivida en la fiesta del “Huasipichai”, en el lago San Pablo, a los pies del “taita Imbabura”. Fue una jornada inolvidable de participación y “compadreo” con la comunidad indígena de Cachiviro y Huayco Pungo.
Esos mismos indígenas que forman parte de los más de tres millones de ciudadanos indígenas ecuatorianos (aunque algunos no los consideren como tales) son protagonistas (lamentablemente) estos días de noticias que para nada nos gustaría que ocuparan los informativos de medio mundo, pero que se reproducen cíclicamente tanto en Ecuador como en el resto de la América Latina.
Las escenas de vandalismo, destrucción del mobiliario urbano y del patrimonio cultural, condenables sin paliativos, no pueden ser imputables al legítimo derecho de manifestación de las organizaciones sociales. En toda convocatoria de reivindicación social, lamentablemente, existen grupos minoritarios incontrolados. Lo ocurrido estos días en Quito no es distinto, por ejemplo, de las barbaridades cometidas hace unos meses por los “chalecos amarillos” en las calles de París o, en estos días, en Hong Kong. “Sólo el necio mira el dedo, en lugar de a la Luna”.
La luna es lo que los manifestantes ecuatorianos llaman el “paquetazo” y que no es más que el conjunto de medidas antisociales que el actual Gobierno de Lenin Moreno ha promulgado, de acuerdo con el FMI, para garantizarse 4.209 millones de dólares de préstamo. De este conjunto de medidas, la que más indignación ha suscitado ha sido la retirada de la subvención a los productos derivados del petróleo, en especial el diésel (mayoritariamente utilizado por los campesinos y transportistas) y que, inevitablemente, provocará el consiguiente encarecimiento de los productos básicos, que afectará a las clases sociales con menos recursos. Pero aún hay más (aunque se habla menos de ello), el FMI, exige medidas de flexibilidad laboral, despidos, bajadas de salarios a los funcionarios, promoción y apoyo a planes de pensiones privados. Todo hay que decirlo, “nada nuevo bajo el sol”, son las clásicas recetas del FMI, que no han funcionado en ninguna parte; por el contrario, el resultado siempre ha sido el mismo: lo que está ocurriendo estos días en Ecuador.
Poner en marcha la subida del transporte (10 céntimos) el mismo día de la huelga general es de una torpeza inaudita por parte de los gobernantes, es echar gasolina al conflicto (¿o quizás es lo que se desea?).
El Gobierno actual, salido de las urnas en 2017, con un índice de popularidad cercano al 90%, hoy difícilmente alcanza el 30%. En menos de dos años ha buscado permanentemente la connivencia (cuando no el aplauso) de los sectores más conservadores del país, traicionando y alejándose del partido que postuló su candidatura. Su “bestia negra” ha sido su antecesor y mentor, Rafael Correa, a quien culpa de todos los males del país y de haber sido un “tirano corrupto”. Lo dice quien fuera su vicepresidente en dos ocasiones y coautor de todas las políticas desarrolladas en la década correísta/morenista y, por tanto, partícipe de las supuestas corrupciones. Moreno ha acusado directamente a Correa de estar detrás de las movilizaciones de estos días, junto al “sátrapa” venezolano (¡!). Hay quien va más lejos aún y quiere ver en los acontecimientos de Ecuador la mano del diablo, la mano del Foro de São Paulo, dirigido desde la cárcel por el príncipe de las tinieblas, Lula. El “paquetazo” y el FMI nada tienen que ver en la crisis ecuatoriana, ¡faltaría más!
El traslado del Gobierno, con su presidente a la cabeza, abandonando la sede oficial del mismo, a la ciudad de Guayaquil es un signo de debilidad y un mensaje de incapacidad para controlar la situación. Lo mismo que la aparición de Lenin Moreno dirigiéndose a la ciudadanía, junto con la cúpula militar, es una demostración lamentable de que Ecuador todavía no ha superado su dependencia del poder militar.
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