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Motivos para no creer

16 de Octubre del 2019 - Rufo Costales (Oviedo)

Solicito la anticipada benevolencia del lector, pero no voy a revisar lo escrito, redactado en plenas facultades mentales, aunque escasas.

Asumo que quizá necesite un exorcismo ecológico, pero mis creencias difieren de ese cóctel conformado y soportado por opiniones científicas, aseveraciones políticas, manipulaciones periodísticas e intereses comerciales que han dado en llamar “cambio climático”.

Particularmente, creo que la acción humana ni tiene, ni ha tenido jamás, influencia relevante alguna sobre la evolución del clima. Modestamente, que piense así me parece una opinión tan respetable (y no tan manipulable) como puede ser el discurso de la adolescente sueca Greta Thunberg en la sede de la ONU.

Me remito a la voz autorizada del premio Nobel de Física Robert Laughlin, que sintetiza con gran precisión y claridad lo que digo: “No tenemos poder para controlar el clima, cuya variación es una cuestión de tiempo geológico, algo que la Tierra hace de forma rutinaria, sin pedir permiso a nadie, ni dar explicaciones”.

¿Puedo ser quemado en la hoguera por ello? ¿Puede un gobierno progresista condenarme, privado de comida y sueño, a ver en sesión continua películas como “2012”, “Armageddon”, “Deep Impact”, “El día de mañana”, “28 días después”...?

En 1633, Galileo Galilei (astrónomo, matemático, físico), en su setenta aniversario, amenazado por la Santa Inquisición, se arrodilló ante sus eminencias, y dijo: “... Abjuro, maldigo y detesto los errores, herejías y sectas contrarias a la Santa Iglesia”. ¿Hablaba del cambio climático el bueno de Galileo?

En absoluto, simplemente, defendía la tesis de que la Tierra giraba alrededor del Sol, contradiciendo en esa época la creencia de Platón, Aristóteles y, sobre todo, la Iglesia.

Con este antecedente histórico, en vez de ponerme de rodillas y abjurar de mis creencias, voy a hacer, si me lo permiten, un somero repaso de las recurrentes predicciones climáticas apocalípticas (ninguna cumplida), y que cada cual opine a su gusto.

El biólogo Paul Ehrlich, partidario de la esterilización y el control de población a escala global, anunció en noviembre de 1967, “la muerte de los océanos en menos de una década”.

Hussein Shibab declaró en 1988 que islas como las Maldivas terminarían sumergidas en 2020.

Noel Brown, del Programa Medioambiental de la ONU, fue más allá en 1989 y sugirió que algo parecido podría ocurrir en Bangladesh o Egipto a comienzos del siglo XXI.

El científico James P. Lodge afirmó en 1970 que “la polución del aire puede acabar con el Sol y causar una nueva Edad del Hielo, a comienzos del siglo XXI”.

La revista “TIEM” alertaba de la llegada de una nueva Edad del Hielo apoyándose en pensadores como George J. Kukla.

James Hansen, científico de la NASA, afirmó que parte de Nueva York estaría bajo el agua en 2010 o 2020.

En el informe de la ONU sobre cambio climático (2001), 3.000 científicos (han leído bien) del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) concluyen que en 2020 no queda rastro alguno de las playas mediterráneas y atlánticas. Las olas de calor suben los termómetros por encima de los 40 grados; el aumento del nivel del mar engulle casi 300 islas; los deltas del Rhin, Ebro y Guadalquivir han desaparecido; Amsterdam parece Venecia, etcétera.

“The Guardian”, en 2004, advertía: “Gran Bretaña caerá a un clima siberiano en 2020. Habrá conflictos nucleares, megasequías y hambrunas en todo el mundo”.

El profesor T. M. Donahue, de la Universidad de Michigan, compareció ante el Congreso para afirmar que el agujero de la capa de ozono era irreversible.

En la primera década del siglo XXI se popularizaron las tesis de Al Gore, un señor que viajaba por el mundo en un hipercontaminante jet privado dando conferencias sobre lo catastrófico que era el cambio climático, cobrando 50 millones de pesetas por charla (vídeo de su documental “Una verdad incómoda”, incluido), que en 2008 dijo: “En cinco años, se habrá fundido el Polo Norte”.

Rodríguez Zapatero, diciembre del 2009, Cumbre de Copenhague: “Si estamos aquí, es porque hemos asumido una conclusión científica: estamos elevando la temperatura del planeta de forma peligrosa para la pervivencia de la humanidad”.

Laurent Fabius, ministro socialista francés, que presidió la cumbre en París, mayo de 2014: “Tenemos 500 días para evitar el caos climático”.

Pedro Sánchez, en su visita a la ONU (septiembre 2019): “España está en la vanguardia del combate contra esta emergencia climática, para la que nos estamos quedando sin tiempo”. “Puede que no haya vuelta atrás, intensificar nuestra acción nunca ha sido tan crítico como ahora”.

Este mismo año inauguró el AVE en Granada. Su alter ego mecánico, el “Falcon”, supuso una contaminación equivalente a 300 coches diésel-oil.

Dicho queda. Ahora a discrepar o a compartir.

Saludos cordiales.

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