Pensando de que

29 de Octubre del 2019 - Guillermo Antuña Martínez (Castrillón)

“Bueno, pues más o menos con todo lo que tenemos, yo creo que esto va a ser...”. Así debió de iniciar su intervención Manuel Marchena en la deliberación posterior a dejar el juicio del “procés” como “visto para sentencia”. O al menos así debería haberlo hecho si quisiera haber sido ungido por la gracia de algún ente incorpóreo, de esos que nos llenan el espíritu de sabiduría, fuerza y bondad para que aleccionemos al resto de pobres mortales sobre cuestiones de las que, casualmente, en este mismo momento estamos más que puestos. Y la cuestión no es tanto lo que pueda parecernos a cada uno la sentencia dictada por el Tribunal Supremo, sino el atrevimiento que nos lleva a criticarla e, irónicamente, juzgarla, sin tener la menor base jurídica para ello. El derecho a poder opinar libremente viene con la obligación (ética, por respeto a la memoria) de saber también callarnos la boca, y con la responsabilidad de tratar de diferenciar la delgada línea entre “pensar”, “pensar de” y “creer que”. A este paso, esa doble vida que todos llevamos, cada vez menos en secreto, a caballo entre economistas y entrenadores de fútbol, va a volverse tan compleja que un día nos tocará ser siervos de Dios cuando vayamos a la cama con nuestra pareja. La cuestión no radica en nuestra opinión sobre la sentencia, sino en el valor para atrevernos a desmontarla sin tener ningún tipo de argumento o conocimiento jurídico más allá de lo que a nosotros nos parece. Lo escribió Descartes en su “Discurso del método”: “Je pense, donc je suis”. Pienso de que... luego existo. A ver quién se atreve a decirle a Marchena que, tras la judicatura, el doctorado y los años de oficio, para presidir la Sala Segunda del Tribunal Supremo le hubiera bastado con estar un poquito más activo en Facebook.

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