A un amigo que ya no está
"Niño de la guerra", sobreviviente (también de ésta) del primer franquismo, trabajador precoz, autodidacta, maestro de la ebanistería, hecho a sí mismo, esposo ejemplar, padre generoso, hombre de bien: Ramón Pendones Fonseca.
Cuando una mañana de agosto de 1957, a bordo del “Irpinia”, Ramón y yo emprendíamos un viaje, en aquellos días, de futuro esperanzador, no nos imaginábamos que más de 80 años después, al memorizar lo sucedido durante el tiempo transcurrido, tendría, para él, un final, el 5-10-2019, cuando falleció.
En julio de este año estuvo, por última vez, en España, pero en aquel lejano 1957 regresaba de pasar unas vacaciones en Asturias y de comprometerse con mi hermana Lula; yo, en una mezcla de exilio político y de esperanzador futuro, y nuestras vidas, de alguna manera, se entrelazarían y ello a pesar de encontrarnos separados territorialmente.
A mí me resulta imposible entender al hombre que fue mi amigo sin Lula. Tan es así que no puedo hablar de la vida de Ramón sin sentir como un áurea sobre su persona del halo de esta mujer extraordinaria que fue mi hermana. Primero como universitaria pionera en Oviedo y destacada profesional del derecho en Costa Rica, pero sobre todo como la medida, el fiel de la balanza familiar.
Ramón, emigrante, primero en Cuba, después en Venezuela y, por último, en Costa Rica fue, sin duda, un emigrante asturiano que sin dejar ser nunca español, amó y se integró plenamente al quehacer y ser americano, antes en Venezuela pero, sobre todo, en Costa Rica.
Nuestros caminos se diversificaron en América. Ramón con su vida de sueños y trabajo empresarial; yo, en un inaccesible, hasta ahora, mundo mejor, en una vida profesional, si se quiere exitosa, añorando una Venezuela que forma parte de mi ser y que sin ella poco habría que conservar.
Aquel hombre, mejor, aquel niño que se forjó a sí mismo, huérfano de padre quien desapareciera, como tantos otros, en una madrugada larga y tenebrosa de la caída del frente asturiano, que regó con su sudor las tierras americanas y de las que brotaron Pepe Luis. María Amalia, Covadonga y Ramón, no puedo menos que pensar que la vida le fue pródiga, generosa, vivificante.
La saga de la generación primera de “los Pendones” se fue con él; conmigo sobrevive, hasta ahora, el último de “los de Pedro”. En ambos casos, los brotes existentes llevan en su seno nuestra memoria. Ambos amamos la vida, nos realizamos, procreamos, discutimos, coincidimos: fuimos amigos.
Ramón, amigo, no sé si sembraste un árbol, escribiste un libro, sí que tuviste varios hijos pero regaste con tu bonhomía gran parte de la tierra americana.
Los recuerdos se agolpan, el polvo y el viento te esparcirán –nos esparcirán– en el espaciotiempo... In memoriam.
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