Con destino a Estrasburgo
La demostración más palmaria y elocuente de que las sentencias emitidas por el Supremo sobre los encausados en el juicio del “procés” son ajustadas y consecuentes con el hecho delictivo es que el soberanismo español, escondido tras la Constitución, y el soberanismo catalán, parapetado tras dos millones de almas, mayoritariamente inocentes, encuentran la resolución injusta. Los primeros reprochan la benevolencia del alto tribunal, y los segundos, su exceso de celo, cuando no de venganza injusta.
Y para amenizar la fiesta, la disensión en el bando nacional de la izquierda utópica contra todos, más que servir de pretendido arbitraje y mediación, sus postulados provocan hilaridad en la bandería secesionista y munición electoral en el pabellón constitucionalista, si bien los afectos aplauden la ingenuidad aristotélica del líder, la pretendida equidistancia política del tonto útil comprensivo con unos a cuenta de los otros, todos ellos catalanes. En el resto del Estado ya veremos el coste democrático del posicionamiento populista a favor del viaje a ninguna parte, como dejan claro Marchena y resto de magistrados concernidos.
Al final de todo recorrido judicial importante se encuentra Europa, aquí espera, en la capital alsaciana, la última balanza, la del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, con sus platillos de culpas y penitencias. Lo que allí sentencien será definitivo y recorrerá todo el paisaje internacional, todo el espectro de ondas electromagnéticas emitidas por las cadenas más influyentes en la opinión pública. Esto tan sencillo, tan de andar por casa, es lo que parecen no entender unos y otros posicionamientos extremos. Menos mal que Manuel Marchena parece ser consciente de que el juicio al “procés” tiene otra dimensión internacional en la que se juega una parte importante del crédito jurídico y democrático de la Justicia española. Nos falta formación democrática y nos sobran excesos verbales, en no pocos casos argumentados desde las vísceras y el desconocimiento propio del aprendiz de brujo. Deben de ser los posos culturales fanáticos de tantos siglos de dominación árabe.
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