Dos horas con unos amigos
No hay mejor cosa que no aparecer en los medios de comunicación.
Llevaba unos años sin escribir en ellos y no se imaginan cuál fue mi tranquilidad durante este tiempo. Sin embargo, agradece uno que hablen bien de su persona, aunque los halagos vengan de un amigo, el señor José Antonio Coppen, al cual doy las gracias por su artículo publicado en este diario el 29 de agosto y porque la conversación que tuvimos me permite recordar ¡¡qué guapas son las chicas de Belmonte!!, aunque ahora mi organismo este más para llevarlo en andas que por su propio pie. De esto saben bien don Rodrigo y don Héctor, que son quienes me asisten. Como dice un pariente, si fuera joven me cuidaría más.
Esta comida en Belmonte me hace reflexionar sobre el río Pigüeña y su afluente. Aunque no soy un trabajador empedernido, me siento culpable (sin serlo) de haber trabajado en la presa que hay kilómetros arriba de Belmonte, donde a un loco le dio por horadar la montaña y provocar que hoy sea un río seco o lugar de los somieres, incluido Somiedo, donde, por cierto, ocupo un pequeño habitáculo allí donde se acaba el concejo del oro.
¡Y el oro! Menos mal que a cambio dejan un gran “hueco”, como la banca una vez se esquila a sus impostores. Y que conste que no son “impostores”: dime de qué presumes y te diré de qué careces. Que como es natural lo decía el que nada tenía en el banco y el menda no copia.
Pasaremos el Támesis en alpargatas, digo el Pigüeña. Crucemos, ya que mojar ya nos mojaremos.
Hoy veo que cambiaron las caras de este periódico. Es decir, cambiaron algunas más. Alguna muy “recoleta”, por cierto, y no me refiero aquí a las caras con “coleta” que ya cambiaron las caras y no los hechos. ¡¡Allá ustedes!!
Después de todo, haxa salú que fame no faltará.
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