¿Qué es lo que hay que olvidar?
Yo no soy una persona apegada a las tradiciones, pero reconozco que muchos de mis mejores recuerdos perviven en ese entorno. La Nochebuena no se celebra en Cataluña, o no se celebraba hace setenta años, cuando mis padres reunían a una entrañable cuadrilla de aragoneses en Barcelona con guitarras, bandurrias y castañuelas que hacían temblar la casa de la calle París; temblar de música y pasión. Nuestros vecinos catalanes no se quejaban, incluso alguno pasaba la velada escuchando las vibrantes jotas acompañadas de rondalla, que en el caso de mi madre, cuya potencia era insuperable, no solo hacían temblar las paredes, sino aquellos corazones acongojados por el sentimiento de haber perdido la guerra. En nuestros corazones, el sentimiento era otro: ni vencedores ni vencidos, heridos sin haberlo podido evitar, pero con el ardiente deseo de renacer, de olvidar, de comenzar de nuevo todos juntos. Creo que vecinos, amigos, compañeros de trabajo, condiscípulos, eran atraídos por el dulce candor de la ilusión. Una ilusión que emanaba paz, simpatía y cariño, sin importar a quien. En eso, mi querida mamá, mi querida Mercedes, era la estrella rompecorazones, la alegría, la ternura, el encanto de una mujer maña que conquistó cuanto se propuso.
En este presente extraño, donde la sinrazón se impone con violencia y con mentiras, hay quien no le hace ascos a remover muertos y tristes sentimientos que este país había superado, tan solo para ganar un puesto, un triunfo sin honor ante las nuevas generaciones que quizá se conformen con eso, un lugar en la negra historia de España, historia que sería hora ya de olvidar. Dice la canción que Aragón es la tierra noble, y es posible, pero ¿quién alienta ese don? Mercedes fue a parar al mar, yo por ser el mayor fui asignado a arrojar sus cenizas desde la roca más saliente, y a su último brillo le entoné su jota: "Carbonera, carbonera, no llores por tu color, que tu carita relumbra, más que la luna y el sol".
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