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La cerrazón incontenible e insostenible

29 de Octubre del 2019 - David Prado Fernández-Villarmarzo (Gijón)

Admiro a las personas que mantienen una idea, un pensamiento, un dogma de manera y forma permanente durante toda su vida, ya sea de orden personalista, religioso o político. No cabe duda de que puede significar un meritorio sacrificio continuo no poder variar las convicciones ni un ápice.

Puede que, a veces, sustentemos y defendamos lo que no creemos, bien por devoción, por vocación, por obligación o por situación. Tal vez lo más práctico para la gente de a pie es no romperse la cabeza pensando y meditando, aceptamos lo que nos indican “los profetas elegidos”, sin más.

Dicen que nadie está en posesión de la verdad absoluta, aunque cada uno pueda pensar que “su verdad” es la absoluta y la única. De sabios es reconocer los errores, pero me parece que ya no hay sabios pues casi nadie asume haberse equivocado, haber mentido o haber engañado.

Opino que los partidos políticos como ente no se equivocan, lo pueden hacer y lo hacen sus líderes, los profetas, sus afiliados y simpatizantes y sus votantes incondicionales.

Aquello que decía Guerra, “el que se mueve no sale en la foto”, está más vigente que nunca. Si piensas u opinas distinto a lo “profetizado”, olvídate, nunca llegarás a nada dentro del partido. Además, puede correr riesgo tu “colocación” actual, que seguro debes al partido, la de los tuyos y próximos “colocados” y casi se puede decir que tu carrera política está a punto de sucumbir.

Cuando se escucha a los dirigentes políticos decir que las “diferencias” se solventan dentro del partido y no en los medios de comunicación, da un poco la risa, pues bien sabemos que luego en los comités rara vez dejan hablar a los disidentes y “probe” de aquél que hable de lo que no debe.

La cerrazón, la obstinación, la obcecación sobre ideas y convicciones no puede ser incontenible por más pasión que se tenga por esas ideas y pensamientos, y tampoco puede ser insostenible, que no se puedan defender esas ideas y convicciones con razones.

No es recomendable pretender que la bandera esté siempre izada, de vez en cuando es muy bueno arriar esa bandera para, más adelante, volver a izarla con más ímpetu y de forma triunfal. Claro que siempre habrá personal que no quiere ni hablar de la bandera.

La persona debe ser eso, hombre o mujer, persona que por sí misma piensa, analiza, valora y decide libremente. Que sabe discernir lo que es bueno para la sociedad en la que vive de lo que es bueno para el partido político en el que milita o al que vota. Debería huir de los “profetas” que confunden intencionadamente lo propio con lo común o piensan siempre que lo que es bueno para mí tiene que serlo para ti. El yugo que nos quieren imponer algunos “profetas” debe desaparecer y entonces podremos levantar la cabeza con orgullo y satisfacción, sin sumisión.

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