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Desterrando a Franco

24 de Octubre del 2019 - Julio L. Bueno de las Heras (Oviedo)

A los cien años de su entrada en nuestro escenario, Franco resulta incómodo para una España que aún no es capaz de resolver como un adulto (con perspectiva, conocimiento, dignidad, justicia e inteligencia) el contrapunto entre aquello en lo que puede considerarse acreedora y aquello otro en lo que puede considerarse deudora de un personaje ya histórico. Penoso síndrome de pubertad recurrente es éste, tras un espejismo de madurez que –al parecer– duró lo que duró nuestra esperanzadora e ilusionante transición y su voluntad de reconciliación nacional. O dicho más crudamente, que duró lo que ha durado el espejismo de que aquellos años estaban siendo realmente una transición constructiva imparable y no un paréntesis más entre esas anomalías en las que dos de las tres Españas se suelen turnar fatalmente como dinamiteras. Al parecer, somos incapaces de dar por liquidados y amortizados aquellos avatares irrepetibles en los que, si unos coquetearon con Hitler, otros se abrieron de piernas a Stalin.

Creo que tratan de engañarnos –a sabiendas o como figurantes en un guion escrito no precisamente en desiertos lejanos– quienes tratan de hacernos creer que el extemporáneo destierro del cadáver de Franco era una clamorosa e improrrogable exigencia democrática. Creo que se engañan o lo fingen para engañarnos –a sabiendas, por necedad congénita o adquirida, carencias formativas, oportunismo o cobardía– quienes se ponen de perfil ante lo que tildan (solo) de distracción electoralista con aventurillas entre fósiles, de trasnochados alardes a toro muerto por parte de cuatro nostálgicos resentidos y obsesos. Acertamos quienes, con fatalismo, asumimos que, antes o después, las leyes que nos damos –o que nos dejamos dictar– tienen su letra, su lectura para quienes saben muy bien detrás de qué andan, y sus consecuencias para todos.

En esta tierra con tan irreprimible vocación de campo de batalla, la pax romana que, desde el crepúsculo de Franco, veníamos pretendiendo darnos con cierta fortuna, gracias a cielos misericordes y al encomiable esfuerzo de lo más sensato de la izquierda, de la derecha y del centro (lo que algunos interpretan como la mejor herencia del franquismo), solo venía siendo puesta a dura prueba con la sangría del terrorismo. Cuando aquel terrorismo parece que se extingue por compleja y turbia mezcla de derrota y transacción, se produce súbitamente una involución con fecha fácil de recordar tras impúdica proclamación, en tiempo real, del inicio de “un tiempo nuevo” (más recientemente aún, ya acabamos de oír hablar de que nos encontramos a las puertas de “un régimen nuevo”).

Los más agudos, informados y experimentados conocedores del percal (quizá, también –o no– los más conspiranoicos) interpretan con más agudeza lo que otros maliciamos sin encontrar las palabras justas. Y es que podría haber un plan muy bien trenzado, con ideología, convicción, paciencia, resolución y recursos. Un plan ciertamente –y también– con luchadores convencidos, monigotes, hormiguitas, agentes dobles, incendiarios, pescadores de aguas revueltas y la típica carne de cañón que va quedando en las cunetas de las historias más truculentas e inconfesables de los pueblos. Típicos elementos, todos ellos, de cualquier distribución estadística en la que –tras media, mediana, moda, percentiles, sesgo y curtosis– lata un fenómeno en toda regla. Con altibajos y otras incidencias, el que la sigue la consigue; como sucede a otras escalas: cambios climáticos y evolución de las especies incluidos. Quizá para alguna tenaz marea –no necesariamente brutal y apresurada como un tsunami– el (a falta de la opinión del interesado) deshonroso regreso forzado de Franco a El Pardo sea un elemento estadístico más. Un hito, no precisamente menor, en un proyecto de deslegitimación radical de lo que no pocos consideramos una encomiable vía de evolución política en curso, para abrir otra vía que (probablemente a través de un túnel) pretenda enlazar directamente una fracasada república española con una inédita multirrepública plurinacional expañola acorde con los intereses de los nuevos brujos.

Estemos atentos y seamos previsores, porque el campo está concienzudamente sembrado de minas. Las leyes de encarrilamiento de las memorias históricas conllevan el riesgo de tender a reescribir, blanquear y vindicar hemipléjicamente el pasado, amordazan su análisis desde el presente y terminan por imponer también censuras a las hipótesis de futuro. Mientras sea posible, permítasenos pues elucubrar sobre los fantasmas en ciernes, antes de que para opinar nos sea exigible el nihil obstat del Ministerio de la Verdad, o después de hacerlo sintamos en el cogote el aliento de la policía del pensamiento. Si se trata de falsas alarmas, nos echamos unas risas. Si no, crudo lo tenemos.

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