España versus Cataluña
Sobre el ensueño de ayer y el lamento de hoy se construye la esperanza de mañana; siempre que las condiciones de sensatez y paz social se impongan sobre la imprudencia política de la urgencia temeraria. Como imprudente ha sido la deriva cismática del soberanismo catalán que actualmente padecemos. Los nacionalismos activos, de aquí y allá, son la consecuencia histórica de la endogamia social y cultural de ciertos territorios encerrados sobre sí mismos, a lo largo de los siglos, con un fuerte predicamento de la clase burguesa sobre la fuerza productiva colaboracionista y repudio cultural, que no lucrativo, al intrusismo obrero foráneo. Hoy una parte importante del capital humano catalán es alentado y manejado por los medios audiovisuales de la información y comunicación, de concepción patrimonialista, con una fuerte penetración social, al servicio de una causa creada por la codicia, no siempre lícita, de esa burguesía asentada en el poder político. Nada, pues, fundamentado sobre intereses de prosperidad social o de salvaguarda del Estado del bienestar, por mucho que el discurso separatista venga impregnado de cierto estilo ampuloso y embaucador. Los nacionalismos son cultivo y alimento transgénico de destrucción social constituidos en sectas dirigidas por la fuerza psicológica de una casta mesiánica sin escrúpulos ni barreras morales de carácter democrático, como pone de manifiesto el hecho milagrero de convertir la seudoencuesta nacionalista del 1-O en referéndum democrático.
En Cataluña se da uno de los casos más paradigmáticos del nacionalismo totalitario. Las UTOPICAs (Unión Temporal de Organizaciones Políticas Independentistas Catalanas) gestionan el Parlament de una forma despótica que rebasa la legalidad, toman los espacios públicos al más puro estilo "la calle es mía", de Fraga Iribarne, secuestran carreteras, autopistas y aeropuertos, destruyen la convivencia y la radicalizan, se benefician, en exclusividad, la gestión de las principales instituciones autonómicas, crean otras instituciones en competencia con el Estado, desarrollan programas de captación nacionalista, imponen su patrimonio lingüístico sobre el idioma común de los españoles y son capaces de destruir el tejido productivo regional y las economías propia y nacional a cambio de nada, por la cobardía política de no hacer público el gran montaje destructivo a sabiendas que el procés fue una apuesta de alta peligrosidad con destino a ninguna parte. Y todo esto con un apoyo social del 49% de la población, que si bien no es despreciable sí que no alcanza la proporción ideal para plantear una ruptura con el Estado, y la devaluación de la marca España, a nivel internacional, propiciada por la mezquindad de aquellos que practican la política de tierra quemada.
Y mientras esto ocurre, la izquierda utópica del reino de España calza el guante de seda, enfunda la máscara de la bondad y clama, junto al coro de arcángeles soberanistas, por la libertad de los presos procesistas. Cataluña, Venezuela y la falta de visión de Estado hunden, sin que parezca importarles demasiado, el capital electoral de Unidas Podemos. De esta situación solo sacan beneficio Sánchez y los conservadores a través de la abstención. De todas formas, veremos si las piruetas mitineras de Iglesias son capaces de desbrozar el camino hacia las urnas del electorado más progresista. Todo es posible. De momento, su enemigo íntimo anda perdido, enredado con la temporalidad de las jornadas laborales semanales y la biodiversidad. Rivera adelgazando y Casado engordando; se ve que la dieta persuasiva del líder popular tiene más chicha y predicamento entre el núcleo conservador-liberal que la mediterránea de ese otro líder sumido en la duda existencial de un espacio ideológico aún por determinar. Vaya usted a saber qué instrumento filosófico tocará Albert en este período electoral que se avecina.
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