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¿Guerra civil o tragedia religiosa?

1 de Noviembre del 2019 - Fidel García Martínez (Oviedo)

Después de ocho décadas, pervive hoy una gran mentira, que se ha manifestado de forma patética y desoladora en la truculenta profanación de la tumba de Francisco Franco y que con ardor guerrero defienden el Gobierno de Pedro Sánchez y casi todos los medios de comunicación afines. Esta mentira se puede sintetizar así: la Iglesia Católica defiende a tiranos. Esta mentira se inició en los años treinta, cuando el comunismo soviético alcanzó su máxima popularidad no solo en España, sino en la Europa occidental y en los EE UU, con la película, basada en la novela de Hemingway “Por quién doblan las campanas”.

El pensamiento políticamente correcto dominante de inspiración soviética estalinista era: los republicanos españoles representaban, como sus colegas soviéticos, el derecho y la libertad, mientras que el general Franco era un fascista asesino, exactamente lo que ha estado defendiendo el PSOE de Sánchez hasta que ha consumado su gran arma electoral. La realidad histórica, no lo que inventen historiadores progres, es decir, los ideólogos, poco tiene que ver con sus delirios.

Desde 1931, con una crueldad y un sadismo inaudito, comenzó en España una persecución contra la Iglesia Católica con la intención de su destrucción total: numerosos obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y simples fieles hombre y mujeres fueron asesinados y martirizados por el simple hecho de pertenecer a la Iglesia Católica. Todos estos crímenes estaban amparados y defendidos por el presidente de la Republica, Azaña, cuando afirmó: “Todos los conventos de España no valen la vida de un solo republicano”.

En 1932 un influyente semanario republicano, “La Traca”, dibujó una guillotina rodeada de un grupo de sacerdotes, monjas y personas piadosas con la siguiente leyenda: “Esta (guillotina) trabajando dos horas diarias durante un mes libraría España de toda funesta basura que desea que la república fracase”. En 1934 en Asturias los mineros declararon la huelga general, proclamaron la revolución, quemaron iglesias y conventos y martirizaron a 34 sacerdotes y seminaristas. El Ejército español acabó con la revuelta con la intervención de las tropas marroquíes.

En 1937 un ministro republicano enviaba a sus colegas un informe detallado sobre las actividades llevadas a cabo contra la Iglesia Católica en la zona republicana: “Han sido destruidos todos los altares, estatuas y objetos religiosos y litúrgicos; todos los templos han sido cerrados al culto: en Cataluña la mayor parte de los templos han sido quemados; organizaciones del Gobierno han recogido los objetos metálicos del culto (campanas, crucifijos, etcétera) y se han fundido para uso militar; los edificios de los templos se han convertido en garajes, oficinas, fábricas, tiendas; los conventos han quedado vacíos; la Policía ha buscado en casas privadas objetos religiosos, los ha destruido; los clérigos han sido arrestados, encarcelados por millares”. Los testimonios serían innumerables, muchos españoles fueron martirizados por ser católicos, no por ser de otra ideología política.

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