Un alzhéimer digital
En sus primeros años lectivos le costaba trabajo especialmente la “b” antes de la “s”. Qué difíciles eran de leer. ¿Por qué tenía que ser tan complicado el mundo de los mayores?
Poco antes no lo hubiera pensado, cuando su vida consistía toda en juego.
Después le pareció increíble que yendo al colegio se fuera a encontrar tantos problemas. Con las ganas que siempre había tenido de empezar, sobre todo cuando ya solo faltaban días.
El paso del tiempo, poco a poco, hizo que las dificultades se fueran resolviendo y aparecieran otras nuevas. En el instituto, aquel sonido bilabial ante silbante, de tanta complicación en su niñez, ya no era ningún problema. Su vista recorría veloz las líneas y los párrafos. Aquellos símbolos escritos abrían nuevos mundos en su cabeza, conseguían hacerle vivir en ellos.
Su aprendizaje avanzó. Las palabras escritas atesoraban alguna clase de poder que parecía ser capaz de desarrollar la memoria, los conocimientos, las capacidades.
El papel no cansaba sus pupilas, en la conformada presentación de los textos. Aquella forma inerte de mostrarlos significaba sosiego para sus ojos. Tiempo atrás, la celulosa que tenía delante de él había sido parte de seres vivos y aquella lejana existencia en la placidez de los árboles se verificaba ahora ante su deseo de saber.
Han pasado ya bastantes años y aquellas sensaciones casi dejaron de existir.
Hoy dice al ordenador que se encienda. Y el registro auditivo permanente del aparato informático pone en funcionamiento el sistema. La pantalla virtual aparece súbitamente, se despliega vertical, surgiendo como de la nada. En ella esa máquina sabia diferencia intensidades de tono, contraste y color, formando así las imágenes y los signos. Solamente una orden verbal o un leve roce de su dedo es suficiente para que se difunda ante él, en la nada, un universo de información.
En otro tiempo, la luz externa del ambiente o la de un foco iluminaba el objeto de su lectura. Hoy, la luz misma de esa pantalla intangible, flotando en el aire, hace penetrar en su nervio óptico la comunicación.
Se siente mayor. Ha notado que toda la información que ahora disfruta tendrá una vida muy corta en su memoria, si proviene de esa pantalla. Una nimiedad de permanencia en el tiempo será cuanto esté disponible para su recuerdo. Su médico de cabecera desconoce si la causa pueda ser su edad. Ha consultado al neurólogo y le ha dicho que su cerebro funciona perfectamente.
¿Pudiera tener la culpa quizá el medio del que se está sirviendo para adquirir la información?
Busca por la sala de su casa, en las estanterías llenas de obras. Ojea los lomos de los libros y advierte que recuerda mucho de cada uno de ellos. Revisa los que ha leído recientemente y se da cuenta de que también es capaz de recordarlos.
Entonces comprende que es un individuo sin memoria digital.
Es indudable; es ya un ser de otra época.
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