Una sociedad con problemas
Es evidente que la sociedad española no es lo que era; que viene mostrando problemas identitarios y de acción que vulneran su continuidad como una sociedad con una cierta solvencia en su vocación, convicciones y reglas del juego, tal como la hemos conocido hasta no hace demasiado tiempo. Es también indudable que a una sociedad madura y libre no le cabe culpar de sus dificultades a entes ajenos. Debe entonces preguntarse sobre las razones de su crisis, que en gran medida comparte con las de la restante sociedad europea.
Quizá la razón fundamental sea que ha perdido el convencimiento de ser partícipe de un proyecto ambicioso y sugestivo de país. Ese sentirse ilusionado dentro de una patria común se ha transformado, como es bien evidente, en una diversidad de sentimientos afectivos por distintas patrias menores, no pocas veces inflados por nostalgias imaginarias que pueden llegar al rechazo e incluso al odio de la patria común.
A la vez se ha debilitado en nosotros esa herencia europea impregnada por los valores que han constituido la esencia de nuestro continente en los últimos veinte siglos: la metafísica griega, apartada de la meditación cabal sobre las verdades esenciales que atañen al hombre; el derecho de Roma, presionado para conseguir la subordinación de la justica al poder político; y el legado del cristianismo –que nada tiene que ver con la práctica religiosa–, despreciado como referente del bien y del mal, víctima de un relativismo moral que se esfuerza por difuminarlos en un todo continuo.
En la práctica política la democracia liberal se enfrenta a muchos problemas para salir adelante. Hemos consentido que el poder político se asiente en los partidos, constituidos en organizaciones cuyo fin principal es su propio provecho, que incluso han llegado a menudo a grados notables de corrupción, y en los que con gran frecuencia la designación de candidatos ha recaído en gentes con mínimos conocimientos y ausencia de experiencia. Estas precariedades unidas a una gran ambición política llevan a los partidos a ofrecer programas demagógicos en los que se presenta al Estado como un benefactor universal, hasta grados utópicos de imposible financiación y por tanto de imposible cumplimiento. Y que infunde en el individuo una conciencia más exigente en derechos que en obligaciones; una conciencia que ignora el premio al esfuerzo, que recompensa la mediocridad y no fomenta la competitividad. Los populismos y otros “ismos”, muy desarrollados en la última década, han propagado una idea de libertad sin barreras e incluso de violencia callejera tendente a suplantar al Parlamento o a presionar a la justicia, olvidando que la libertad no es en absoluto el poder de hacer lo que nos gusta, sino más bien el derecho a hacer lo que se debe, según definición de Lord Acton ya dicha en el siglo XIX, en la cual introduce el respeto y la responsabilidad ante los derechos de los demás.
Temo que esta serie de hechos ha favorecido una sociedad fragmentada, blanda, poco crítica, con frecuencia exigente de quimeras, deseosa de que un Estado protector le allane las dificultades, ignorante de que es la suma coordinada de esfuerzos individuales la que consigue una sociedad fuerte y benefactora. Es, consecuentemente, una sociedad cuyas gentes pueden encontrar dificultades para basar su voto en tres firmes pilares: el bien del país, su propio bien y la certidumbre de que la conjunción de ambos bienes es factible con los medios a disposición del Estado. En los últimos años esto no ha funcionado, hemos tenido dirigentes incapaces de llegar a entendimientos de alguna solidez y beneficio para el Gobierno de España. Veremos qué pasa en noviembre.
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