La morada eterna

3 de Noviembre del 2019 - Rafael Gutiérrez Amaro (Linares)

En este principio de noviembre dedicado a los Santos y a los Fieles Difuntos, nuestros sentimientos y nuestras emociones se ponen a flor de piel al recordar a tantas personas a las que tanto quisimos y que ya no están entre nosotros. No estar entre nosotros no quiere decir que no vivan sino que han pasado de esta tierra nuestra a la casa del Padre, a la morada eterna, al paraíso; o al menos están en camino para ese encuentro definitivo con Dios.

Otro caso distinto es el de los que, durante toda su vida, le han dado conscientemente la espalda a Dios, o le han maltratado, para ellos Dios buscará un destino acorde con sus actos.

En estos días es bueno que vayamos al cementerio para recordar a nuestros seres queridos y que les llevemos flores, pero lo más importante es la oración y las cosas buenas que hagamos por ellos. Nuestros seres queridos, en el cielo, ya no pueden hacer méritos, pero nosotros sí podemos hacer méritos por ellos y podemos ganar para ellos el galardón del paraíso.

De ahí la importancia de la oración, una oración que además también puede ser emotiva y sentimental, puede ser un recuerdo vivo de aquellos que habitaron cerca, muy cerca de nosotros, pero que ha de llevar siempre el ingrediente del trato de tú a tú con el Señor.

Lo mejor de este día es que adquiriéramos el convencimiento de que las buenas obras y el amor, en todas sus formas, es lo mejor de nuestra vida, lo único que verdaderamente vale la pena.

Nuestro trato con Dios ha de llenar nuestra existencia, no siendo esto incompatible con nuestras actividades de cada día.

Oración, trabajo, amistad, vida familiar, aceptación y ofrecimiento de los sacrificios que Dios nos envía, esos son nuestros tesoros para que un día podamos llegar al cielo y gozar plenamente de la bienaventuranza eterna.

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