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El bable no puede ser obligatorio

17 de Noviembre del 2019 - José María Martínez Vallina (Oviedo)

Soy un ciudadano nacido en un pueblo a tres escasos kilómetros de Cangas de Onís, de donde procede nuestra actual consejera de Cultura, doña Berta Piñán. Se entiende por ello que ambos hablamos el mismo bable. Además, soy una persona de cierta edad, algunos años más que la flamante escritora, por lo que al haber convivido más tiempo con los más ancianos del lugar conozco bastante bien la forma de hablar de mis abuelos y padres que vivieron ya en el siglo pasado. Sigo con interés la trayectoria política de mi paisana por razones obvias, pues no deja de ser un orgullo que ocupe un lugar tan importante en el Parlamento asturiano y que desde allí ella pueda elevar nuestro nivel cultural del que tan escasos andamos. Dicho esto, tengo que manifestar mi descontento al ver cómo parece ser que su máximo interés radica en llevar el bable a todas partes. Recuerdo no sin cierto bochorno cómo se intenta poner un traductor en el Parlamento, obligar a imponerlo como asignatura en las escuelas, cambiar todo folleto oficial en bilingüe, y un largo etcétera de medidas encaminadas a imponer un dialecto o idioma, que lo mismo da, sobre todo para no quedarse en esa infructífera discusión. Dos razones son las que fundamentan mi descontento: la primera, porque yo que nací en un pueblo, que siempre hablé como lo hicieron mis antepasados, sin que nadie me lo impusiera, ahora intentan imponer un bable que mis abuelos, exceptuando determinadas expresiones, no identificarían con nada. No estamos hablando del habla de nuestros antepasados, porque en realidad sí hubo algunos escritores que lo hicieron en bable, pero eran los estudiosos y la excepción, no la manera habitual de comunicarse; en segundo lugar, porque eso supone un dispendio de dinero que en tiempos de crisis cabe pensar sería más oportuno destinar, pongamos por caso, a la sanidad. Y me quedo en el tema salud porque no es normal que precisamente la gente del pueblo, concretamente al lado de Cangas, tengan que tirar de la sanidad privada para evitar largas listas de espera para recibir asistencia sanitaria: somos un país de viejos que necesita muchos cuidados sanitarios. Entiendo que se estudie el bable, que se proteja, que se escriba y que quien quiera hablarlo, aunque sea de esa manera tan forzada como vemos en nuestra televisión autonómica, lo hable. Pero de ahí a forzar a hacerlo en organismos oficiales y colegios, me parece, y que me perdone la señora consejera, puede que beneficie a quienes de ello decidan vivir, pero a nosotros, a los ciudadanos de a pie, no nos beneficia en nada y resta recursos a necesidades más acuciantes para el bienestar social. Se trata de dar facilidades, no de poner dificultades. En nada cambiará nuestra vida por hablar en bable y sí nos hará felices que cada uno hable como quiera, o más bien con el bable de su zona, que es sabido que en Asturias el bable nunca estuvo unificado: cada pueblo, sus expresiones y sus modismos. Y que aquellos estudiosos que deseen trabajar en sus orígenes y aportar cuanto sea posible para que quede como patrimonio etnográfico y cultural de Asturias, sea. Y que reciba cuantas ayudas precise, pero de ahí a normalizarlo y convertirlo en una obligación hay un largo trecho.

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