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Los cazadores no hacemos daño al oso pardo cantábrico

22 de Noviembre del 2019 - Eduardo Bros Martínez (Oviedo)

Nuevamente, el señor Hartasánchez, el del FAPAS, ha puesto en boga la que afirma ser actitud dañina de los cazadores relacionada con la protección del oso en la cordillera Cantábrica. Manifiesta este señor que un fotógrafo con su cámara en ristre, al adentrarse en espacios naturales en donde parece ser hay núcleos importantes de osos, es "tan dañino para con este animal como lo puede ser un cazador". Evidentemente, le ha faltado a este individuo ser más explícito para exponer con criterio propio el porqué de este más que cuestionable convencimiento que tiene sobre el cazador.

En el mundo de los cazadores, somos muchos los que creemos muy necesario contrariarle y contradecir sus palabras, puesto que la caza no ejerce como tal en territorio osero, cuestión que debe quedar bien entendida por la opinión pública, que es a la que parece se pretende confundir. Por parte del Gobierno del Principado, se han delimitado espacios naturales en los que se sabe que este plantígrado ha consolidado núcleos importantes de población, en los cuales, con buen criterio, se tomó la decisión de no autorizar el paso a persona alguna, excepto a residentes o debidamente autorizados. Las razones son obvias. Es por tanto que la caza tampoco tiene acceso a estos lugares, por lo cual los cazadores, en este asunto del oso, no producimos incidencia negativa alguna que se nos pueda achacar.

La actual densidad del oso en la cordillera Cantábrica tiene el significado de su expansionismo buscando acomodo y alimentación. Ello hace que este animal silvestre se introduzca en zonas donde la caza es un ejercicio habitual de gran trascendencia socioeconómica y medioambiental, haciendo que el encuentro con los cazadores se produzca, aunque no habitualmente, por ahora, al igual que con cualquier otro ciudadano que va en su vehículo por la carretera o camina por una senda. No por ello hay que pensar que tenga trascendencia negativa hacia la continuidad en la consolidación de esta especie, ni que los cazadores le hagamos daño cuando ejercemos esta práctica. Los cazadores no hemos tenido problemas en sacrificarnos cuando nos explican razonablemente que determinada especie tiene dificultades y hay que dejar de cazarla. Somos los primeros en observar y tomar medidas. La labor de apoyo de la caza asturiana al fomento, control y protección del oso ha sido muy reconocida y tenida en cuenta por distintas instituciones. Esa es la verdad, y no otra.

En otro orden de cosas, decir que la caza del oso pardo cantábrico, quedó abolida en 1967, después de una previa de cinco años en la década de los cincuenta del siglo pasado. En nada desde entonces han perjudicado los cazadores de condición modesta que han hecho de la caza un buen ejercicio. Quienes abatían osos en Asturias eran otros, entre los que no faltaban miembros de la realeza y de la alta burguesía. Si algo hubo, debemos entender que las malas artes empleadas no provenían de la caza.

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