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Don Antonio Viñayo González o el hombre de la biblioteca del Seminario (III)

8 de Diciembre del 2019 - Agustín Hevia Ballina

Por hoy, pongo fin a mi visión enaltecedora de la figura eximia del profesor y bibliotecario don Antonio Viñayo, ayudada por la del profesor Fernández Cardo. En el Seminario, rezumante de cariño y afecto, quiero dejar constancia, de que a la labor callada y perseverante de don Antonio Viñayo se debe la Biblioteca del Seminario, iniciada por el P inefable profesor don Rosendo Riesgo Flórez, a cuya labor dio continuidad don Antonio, mimando a aquella incipiente y naciente criatura, como a la niña de sus ojos y a la que se entregó, con alma vida y corazón, superando en unos cientos de volúmenes a la Biblioteca seminarística que había perecido en el Seminario de Santo Domingo, posesora en aquel vetusto Seminario, de unos diez mil volúmenes, cuya enseña y bandera ostentaba un ejemplar de la Biblia Políglota Complutense, que había sido encomendada en su confección y labor imprentaria por Felipe II, el Rey de las Españas, en cuyos dominios “no se ponía el sol”, al ilustre filólogo y eminente hebraista don Benito Arias Montano.

Aquella rica Biblioteca, que había sido enriquecida con la Librería Personal del Obispo ovetense, nacido en Tiñana y trasladado en sus primeros meses a Laviana, don fray Ramón Martínez Vigil. Allí se custodiaban hermosas fuentes para el estudio de las Humanidades, la Filosofía y la Teología. Allí habían encontrado cálido cobijo libros que habían acompañado desde su estancia en Filipinas, los andares del Obispo Fray Ramón, a la que acompañaban ricos gabinetes de Historia Natural, venidos también de Filipinas.

Aquella Biblioteca había corrido el tristísimo sino de ver cómo las llamas calcinaban los venerandos volúmenes, que, en sus anaqueles encontraban cobijo, recuperaba, en los ámbitos más lucidos del Convento de Santo Domingo, en las inmediaciones del Claustro dominicano, la vocación y tradición bibliotecarias de la Iglesia Asturiana, contemplándose como en un espejo, casi con envidia, en la Librería Capitular o en la del Benedictino Monasterio de San Vicente o en la Jesuítica Biblioteca de la Compañía de Jesús o loslibros valiosos de las conventos Franciscanos de Tineo, de Avilés, de Oviedo o del Colegio villaviciosino de San Juan de Capistrano o en la Univesitaria que, exhibía, entre otras, las joyas bibliofílicas del Mariscal Solís, de Murias de Aller, pilares de la bibliofilia de la Iglesia asturiana.

De aquella Biblioteca y su vacío, generado por las horribles y estremecedoras llamas, que han dejado reducidos a cenizas libros que resultaban gloriosos, que, en los nuevos recintos seminarísticos del Prado Picón habían, cual mítico Ave Fénix renacido en la novísima Biblioteca, cuya herencia asumía y en ella, una persona ilustre en los ámbitos astures, la figura prócer de don Antonio Viñayo González, de quien no es posible otro reconocimiento más que el loor y alabanza suma, por haber asumido los sacrificios, que traía consigo la formación el nuevo recinto seminarístico del Prado Picón, donde el Obispo Arce Ochotorena había hecho colocar, por el año 1942, la primera piedra del renaciente de sus cenizas del Seminario de Santo Domingo, para albergar a cientos de expectantes clérigos, que abrían sus almas a la vocación sacerdotal.

Lugar de privilegio en el nuevo Seminario lo ocupó la Biblioteca. Un grupo de seminaristas, incipientes voluntarios, a la sombra de don Antonio, asumieron cometidos de dar vida a la nueva Biblioteca, aplicando los más estrictos criterios de la moderna biblioteconomía, sobre las bases de la nueva fundación y organización de este como templo del saber y de las ciencias. La labor de los seminaristas vino a cundir en la más cumplida recolecta de grandiosos frutos. La inauguración de la Biblioteca en 1948 fue el premio reconocido a una labor ímproba, a un trabajo esmerado, a unas consecuciones de frutos, que nadie habría podido imaginarse, siquiera posibles y, por ende, llevadas a culminación.

Hemistiquios de versos isidorianos ornarían las paredes grandiosas de la Biblioteca, donde constituyen reclamo para la filosofía de este ámbito del saber: “Traté de reunir tantos miles de libros como las legiones tienen de hombres enviados a las armas” y esta constatación de impactante verosimilitud: “Miente quien diga que te ha leído toda”. “Aquí irradian fulgor los venerandos volúmenes de amadas leyes”. El bibliotecario Viñayo pone el énfasis de su cariño por la biblioteca en este como poema en prosa, en que las figuras retóricas se sustentan en la personificación y en la prosopopeya, punto de partida y, a la vez, meta de una labor de gigantes subyacente a la acción de don Antonio Viñayo y al equipo de Bibliotecarios, que tan la letra absorbían en sus ilusionadas mentes las orientaciones del maestro. Agradezco a don José María, que, entre tantas perlas referidas a la Biblioteca del Seminario, haya resaltar esta loa o alabanza de la Biblioteca, tan querida y amada por don Antonio Viñayo. En estos términos cifra la entrega de su alma a su Biblioteca el tantas veces mentado y eximio don Antonio:

“Y tú, Biblioteca del Seminario

de Oviedo, a quien va confiada

la custodia del manuscrito

de estos apuntes, sigue tu marcha

ascendente. Tú, como nadie,

sabes guardar secretos y leer

sentimientos. Amor primero

de los años mozos de quien todo quiso

ofrecértelo, conoces, tú sola,

los sacrificios que costaste,

el corazón que exigiste

y las pruebas que demandaste;

desde los treinta mil kilómetros de peregrinación,

hasta doblegar los hombros,

que tú cargabas con pesos no siempre livianos;

desde la incomprensión hasta el insulto y el desprecio.

Exigente te mostraste y no te lo reprocho,

quien solo quisiera junto a ti vivir,

y a tu puerta reposar cuando

sus ojos se cierren para siempre

y no puedan leer tus tesoros, cuando

sus manos se vuelvan rígidas

e incapaces de cuidar tus volúmenes,

y, arrebujado en el manto de las losas,

desde la cátedra del polvo y del olvido,

ejercer el último y más eficaz magisterio,

y señalar el Santo Crucifijo que te preside

y gritar silenciosamente en el cuenco

del corazón de todos los lectores:

¡Jesús, Maestro!,

mentitur qui te totum legisse fatetur;

(Miente quien proclame haberte leído entera)

y, desde allí, escuchar el ángel

de la trompeta, recoger los pedazos

de vida y de piel que en tus anaqueles dejó,

y entrar con Cristo en la Gloria

a leer eternamente el libro,

que nadie en la tierra fue hallado digno de abrir”.

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