Su primera vez
Su novia le dijo que no podía hacerlo, que creía que aún no estaba preparada:
¡Por Dios! Si ni siquiera le había visto desnudo, aún.
A principios de los ochenta la disposición a la entrega en una mujer era un asunto diferente a como es hoy; sin embargo, de forma sorprendente para Ramón, ella admitió que transigiría con sus pretensiones si él lograba cumplir ciertos requisitos: tendría que realizar un acto valeroso, que le supusiera lucha, dedicación y esfuerzo. Con esa demostración de ardor y voluntad en su carácter, ella podría asentarse en la seguridad de que su paso más importante en la vida (según ella creía), no sería un error.
Ramón y yo atravesamos el puente de la Jaya y pateamos sendero arriba el desfiladero de Las Salidas.
Una hora después, hacía rato que todo estaba oscuro cuando le pedimos dos Coca-Colas a Marcelino en el bar de Bulnes.
Bajo la luz de la luna llena de principios de abril caminamos la canal de Balcosín y giramos después a la derecha, enfilando la empinadísima de Camburero.
Era más de la una de la madrugada cuando, entre la niebla, Ramón buscaba la cabaña que, con la puerta sin cerrar, nos habían dejado para dormir esa noche.
A la mañana siguiente, rehicimos las mochilas, ordenamos las cuerdas y caminamos Jou Lluengo arriba, hasta el refugio de Urriello.
Una comida frugal, unas almendras, embutidos, queso y un poco de chocolate. Un paseo hasta Los Boches y vuelta para el refugio. Enseguida nos recluimos en el agradable calor del saco de dormir.
My darling Clementine me sacó de los sueños sonando en mi reloj de pulsera: las 6.15. Después de haber desayunado rodeamos el Pico, aún de noche, por el Noroeste y nos encajonamos en la canal de La Celada. Fue dura, sobre todo en la parte mas alta, pues antes de llegar al collado de Cerredo nos hundíamos en la nieve hasta los muslos y cada paso en la empinada inclinación nos costaba la voluntad. Tras ese mal rato nos aproximamos a la cara Sur y sacamos las cuerdas y mosquetones.
La escalada fue concentrada y placentera; el sol ya alumbraba todo, destellante. Por la zona del anfiteatro el Pico estaba a rebosar con la nevada. Entre la cima central y la más alta, la Sur, una cresta blanca y afilada con precipicios de quinientos metros a cada lado nos obligó a hollarla para alcanzar la cumbre.
Arriba hacía fotos al montañoso paisaje blanco alrededor y de repente, por el visor de la cámara, pude ver que Ramón se había quedado como la madre lo había traído al mundo. Ni el calzado había dejado puesto.
Se plantó en la parte mas alta, al lado de la pequeña Virgen de piedra y estiró los brazos al cielo liberando un gran grito salvaje, casi animal. Estaba feliz.
"Haz una foto para que me vea desnudo", dijo.
En aquel momento no entendí a quién se refería, qué quería decir. ¿Quería una foto para verse desnudo en la cima nevada? ¿Un recuerdo de sí mismo? En fin, yo saqué la foto.
Un tiempo después me enteré de la verdadera razón.
Fue su primera vez.
No solo la cumbre.
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