Protocolo feminista carente de fundamento
Último lema que usan las feministas:
"Si te amenaza, si te grita, si te insulta, si te empuja, si te maltrata, si te pega, estás ante un maltratador ¡Denuncia!".
Resulta que solo les faltó, si te asesina es un asesino.
De las seis reglas de oro del protocolo de violencia de género para saber si una mujer debe denunciar a su pareja, las cuatro primeras (si te grita, si te amenaza, si te insulta, si te empuja) son aplicables sin miramiento a ambos géneros por igual. La mujer sabe muy bien con esa boquita que le dio Dios: gritar, insultar, amenazar y empujar también. El resto ya depende del energúmeno o energúmena en cuestión, su fortaleza o su mala saña.
¡Claro que si te maltrata es un maltratador y si te pega es un pegador y un delincuente que no merece defensa posible!
Pero estarán conmigo en que ese protocolo feminista es simplón, carente de base probatoria y científica. Animan a mujeres cándidas, ignorantes, a las que en cualquier discusión ven la posibilidad de zafarse de aquel a quien eligieron como pareja pero que el tiempo fue laminando el amor y cargadas de odio o rencor van dispuestas a considerar este protocolo de violencia de género como una manera de deshacerse del sujeto en cuestión. Para juntarse con el individuo en cuestión no le hizo falta abogado, para irse de con él tampoco debería solicitar abogado, salvo que de verdad estemos ante un caso de violento a encerrar.
Quienes llevan años casados o viviendo en pareja verán que no siempre hace sol, llegan días nublados, otros cargados de lluvia y hasta tormentas tropicales que para nada indican que estemos ante un tsunami irremediable. Cada uno en su medida es capaz en un momento dado de saltarse la línea roja del respeto a quien amas. El maltrato psicológico es tan dañino para la convivencia como lo pudiera ser el físico. Las amenazas, ultimátum y provocaciones las carga el diablo, ambos sexos pueden por igual caer en ellos. Esas expertas parejas saben que viene la reconciliación, cada reconciliación es aumentar en magnitud el amor y la confianza reflota. Si no somos capaces de perdonar, de pedir perdón, de reconciliarnos después de una discusión con gritos e insultos en algunos casos, es que en efecto esa pareja debe separarse de inmediato.
Estoy convencido de que si las parejas fueran ellas solas las que intervinieran en su derecho a la privacidad e intimidad, se solucionarían casi el 99% de los conflictos sin más que comerse a besos y pedirse perdón. Pero resulta que siempre intervienen factores externos, esos familiares, vecinos y amigos que son Doña Perfección; esos a los que les van la crítica y el chismorreo; esas marujas empedernidas que saben más y les interesa más la vida de otros que la suya propia. Los chismorreos se sueltan por lengüetería, por recelo, por odios, por envidia, por celos... para hacer daño o no, pero siempre hacen daño. Siempre se llevan por delante alguna víctima inocente o no tan cargada de culpabilidad como se pretende explayar a la vecindad o por las calles vociferando, como si todos los hombres y mujeres estuviéramos vestidos por el mismo patrón. Si a ti te fue mal, a otras les fue mejor, no quieras que todas carguen con tu mala suerte a la hora de elegir pareja. El resentimiento conduce a la misandria general. Me niego por completo a formar parte de este circo mediático que ustedes pretenden introducirnos a todos. Las adicciones, locuras, necesidades, los vicios, los excesos, drogas, alcohol, juegos... están merodeando el ambiente y son impredecibles, fabrican energúmenos. ¡No culpen a los demás hombres!
Qué decir cuando entran los abogados: ya la cosa no tiene solución. Siempre lavan el cerebro a la que es víctima propiciatoria.
Luego, no ayudan para nada tanta publicidad ylista negra. Para entender mi posición (siempre en contra de la violencia de todo tipo, que le rechinan y duelen las muertes de mujeres a manos de sus parejas), decirles que no ponen tanto empeño en contar los asesinatos de ancianos por parte de toda la sociedad, incluidas la feministas que no suman los miles de ancianos que se mueren solos, que sufren solos, que no pueden pagar la calefacción, que no tienen salud, que nadie les da la posibilidad de una residencia de ancianos decente y digna, no lo que se les ofrece como cementerios vivientes. ¿Saben por qué? Porque ahí somos culpables todos nosotros: hombres y mujeres. Mucho más denigrante esto, estamos hablando de las personas que nos dieron la vida, las que nos criaron y las que nos dejaron un mundo que ahora estamos descomponiendo, disminuyendo en posibilidades de convivencia y entendimiento.
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