Día del Maestro
Ayer, al abrir el navegador, Google me recordó que era el Día del Maestro. Traté de memorizar las caras y los nombres de todos los profesores que tuve a lo largo de mi vida de estudiante, primero en el colegio público de Urbiés (Florina, Loli y Quini), y después en La Cuadriella, en donde ya teníamos un profesor por asignatura.
Mientras seguía intentando poner caras y nombres a los recuerdos, me di cuenta de que mi primer profesor fue mi madre. Sí, sé que todos me diréis lo mismo, nuestras madres fueron nuestras primeras profesoras, maestras de la vida junto a nuestros padres, pero es que en mi caso es tal y como lo digo.
Cuando con los dedos de la mano, haciendo el signo de la victoria contaba mis dos primaveras, vivíamos en Alemania, allí la escolarización de los niños no empezaba antes de los 4, pero ello no supuso que mi día a día transcurriera entre juegos y libre albedrío. Mi madre sabiendo lo que me esperaba en la vuelta a casa, me impuso una disciplina, y, como si de un juego más se tratara, me inculcó la disciplina y enseñó a leer y a escribir.
Cuando volvimos a España y me escolarizaron, por edad debía empezar en segundo de EGB, pero al no haber cursado Párvulos ni primero me hicieron una prueba de aptitud, y después de comprobar que sabía leer y escribir, me dieron como apto para iniciar los estudios con mis compañeros de quinta. Todo ello gracias a mi particular profesora, que a la postre fue mi profesora particular.
Cuando dejo de recordar tiempos pasados, vivencias y caras, y aterrizo en el día de hoy en pleno siglo XXI, pienso en la mala suerte que tuvieron otras personas, esas que padecieron esa falta de cariño materno, el amor incondicional, la carencia absoluta de educación básica y social, así como el respeto y la empatía hacia los más desfavorecidos. Lo digo tal cual lo siento, y lo siento tal y como lo expreso, y aunque cuando vemos rostros y hechos de lo más mezquino, reprobable e intolerable, pienso que quizás deberíamos padecernos más que odiar a individuos de la calaña de Ortega Smith, Raquel Monasterio, o el mismo Abascal, pues con sus palabras y hechos demuestran día tras día una carencia total y absoluta de empatía, más propia de algunos animales que básicamente reaccionan por instinto, que de humanos capacitados para convivir con el resto de sus congéneres.
En algún sitio leí: “Enseñar es dejar una huella en la vida de una persona”... ¡qué triste que la huella que lleven estos impresa sea la que muestran a diario... y en público!
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