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La devastación pornográfica

9 de Diciembre del 2019 - Fidel García Martínez (Oviedo)

En las sociedades liberales y capitalistas regidas por la mano invisible del mercado que todo lo valora en función del ídolo dinero existe un becerro de oro al que se sacrifica todo desde los seres naturales hasta las personas, especialmente las más débiles y vulnerables. Esta realidad es palpable en la tragedia de la pornografía. Es de un patetismo desolador aceptar que más de los jóvenes, adolescentes y niños de 13 años engrosen las abultadas cuentas de los traficantes de la pornografía. Esta adicción a la pornografía afecta también a los adultos y es la causa próxima del aumento de las rupturas de las parejas y de la violencia contra la mujer que no cesa. Los mismos que fomentan el negocio de la pornografía quieren aparecer como los defensores de la mujer.

Entre lo políticamente correcto, atacar la pornografía es motivo de insulto, acusación y ataque despectivo. Quien ose destacar los grandes males que la pornografía produce en las personas adictas, y criticar las inmensas fortunas que acumulan sus traficantes, será tachado de visionario y descalificado como enemigo de la libertad de expresión y de la libertad de comercio. El problema de la pornografía es que no está prohibida por la ley, aunque sea profundamente inmoral y reaccionaria, porque perjudica a sus consumidores adictos y favorece mucho a los traficantes del sexo como objeto de consumo. La pornografía es inmoral porque implica que la persona queda reducida a un objeto, que sólo tiene valor mercantil que se exhibe sin ningún pudor y que degrada tanto a los protagonistas como a los usuarios, especialmente cuanto más jóvenes. La única relación que existe entre el protagonista y usuario es la mercantil: unos venden la pornografía y otros la compran, buscan la excitación mediante la visión de la intimidad genital de seres desconocidos. La sexualidad no se puede reducir a la genitalidad, porque tiene una dimensión moral, que supera el instinto animal, entre los animales no existe el voyeurismo. Para la Moral Católica la pornografía es pecaminosa porque supone un abuso de dignidad sexual de la persona. Los testimonios de personas que han superado este vicio son muy reveladores.

Los defensores del llamado porno no sólo niegan la necesidad de restricciones en el uso y consumo de este comercio sexual, sino que llegan a sostener contra el más sentido elemental sentido común y toda experiencia que su consumo no es inmoral sino un simple pasatiempo inofensivo y decente, lo cual contradice los testimonios de antropólogos, psicólogos, moralistas, para los cuales en la pornografía está la causa de trastornos morales, sociales y psicológicos. El negocio de la pornografía ya no tiene límites y ha superado todas la barreras. Hasta hace muy poco tiempo incluso los partidarios del uso libre de la pornografía reconocían que se trataba de algo sórdido y pestífero, pero defendían su legalidad en nombre de la libertad de poder ver lo feo, asqueroso y lo inmoral siempre que no se ataquen los derechos de terceros.

Hoy se ha llegado a límites nunca vistos, no faltan los que reconocen el derecho al porno, este derecho que limitaría seriamente la capacidad de los individuos para influir conscientemente sobre el mejor desarrollo de sí mismos y sus hijos. Estas falsedades libertarias están influyendo directa e indirectamente en los planes escolares de la enseñanza ante la indignación y asombro de los padres que asisten impotentes a la manipulación actual de la pornografía que sufren sus hijos en algunas escuelas y que se está convirtiendo en una auténtica plaga social en España. Los datos son demoledores. Estremece conocer los datos de un reciente informe, donde se pueden ver los siguientes datos: un 64% de adolescentes entre 14 y 17 años son consumidores asiduos de pornografía. El testimonio del prestigioso psiquiatra Enrique Rojas es una denuncia inquietante: millones de adolescentes atrapados desde los 12-14 años (lo más patético) los padres no se enteran, lo que cambia la visión de la mujer, la sexualidad y el amor.

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