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Érase una vez un final inútil

1 de Diciembre del 2019 - Carlos Muñiz Cueto (Gijón)

Un lejano aleteo de mariposa dio alas a la corrupción conceptual: más peligrosa para el futuro que la juzgada corrupción real. Con la ley de Reforma de la Función Pública de 1984, se estableció que únicamente eran funcionarios docentes de la Administración del Estado los del Ministerio de Educación y Ciencia. Se olvidaron de establecer como docentes a los profesores de la Formación Profesional Ocupacional del Ministerio de Trabajo. Luego, se trastocó el concepto de "ocupación" etiquetándolo como de entretenimiento a parados; el de "Formación Ocupacional" como de terapia ocupacional; la "Oficina de Empleo" como oficina del paro, que no servía para buscar y orientar hacia el empleo, sino para poner a prueba el subsidio o la subvención, y, por último, se etiquetó a la "Formación Permanente" como educación cósmica, ignorando que: "Sería incoherente para la patronal impulsar la industrialización, buscar la productividad, querer mejores posibilidades de financiación, mientras se descuida ese inmenso depósito de riqueza que son las personas (...) No olvidéis que una buena formación es la mejor de las inversiones" ["La Educación Permanente" - Pierre Besnard y Bernard Liétard - Ed. Oikos-tau 1978]. Pero por aquí la patronal consideraba que la formación ocupacional en automatismos no era la más adecuada para sus trabajadores.

Es fácil traspasar la línea de la corrupción conceptual. No contentos con manejar de forma legal los grandes recursos públicos (españoles y de fondos europeos) que las leyes (surgidas tras la ley de la Reforma de la Función Pública de 1984) ponían en sus manos para el empleo y la formación, algunos se pasaron. La corrupción conceptual era útil: se buscaban proyectos factibles de la Unión Europea para solicitarlos por la subvención, sin ocuparse luego de cualquier otra utilidad futura.

Dentro de veinte años el mundo será tan distinto como la actualidad lo es del de hace ciento cincuenta años. Juzgando el pasado, algunos países quedarán ensimismados en él con su ira. Tras aquel aleteo de mariposa de 1984 no se busca lo útil para afrontar el futuro, que como un huracán sobre Miami amenaza con destruir ocupaciones y empleos. "Hemos de formar en ocupaciones que aún no han aparecido" (escribieron Besnard y Liétard en 1978), pero seguimos demandando oficios antiguos sin invertir en robótica y automatismos. Porque, sin personal profundamente formado en la materia, las inversiones no serían rentables: las empresas quebrarían al financiar ese gasto sin conseguir aumento de la producción por su mal uso, lo que llevaría al cierre por encarecimiento del producto y escasez de ventas.

Los viejos trabajadores se van jubilando en sus oficios y los nuevos se esfuerzan, pero cuando ven cómo la automatización y los robots avanzan, pierden la motivación para tan viejos oficios.

Jubilados los antiguos docentes de la formación ocupacional con sus programas de automatización para los que habían opositado, nuevas normas obligan a los expertos docentes (contratados para sustituirles) a amalgamar contenidos y reducir horas lectivas. Por no quedar, ya no quedan ni contenidos. Porque los expertos docentes, aun estando muy bien preparados, no tienen autoridad para imponerlos: si quieren renovar el contrato deben ajustarse al contenido impuesto por aquellos que no trabajaron nunca en la industria.

En Asturias no podemos ajustarnos a lo que demandan las empresas en temas formativos de cara al empleo, sino a lo que necesitan y no demandan. Como cursos en "Automatización oleohidráulica", "Automatización neumática", "Sistemas de regulación y control electrónicos", "Técnicas y mecanismos de la robótica y sistemas robotizados", así como "Comunicaciones entre dispositivos y periféricos informáticos y electrónicos": viejos temas que aún están de actualidad para afrontar una muy seria automatización en todas las empresas (sobre todo en las pequeñas y medianas de la industria alimentaria o de mecanización y robotización del campo en el medio rural), haciéndolo formando al personal ya experimentado en las labores. Solo así habrá evolución hacia la nueva civilización que se nos avecina, aunque los resistentes y poco colaborativos nos frenen. Porque el que triunfe se lo quedara todo. Muchos países quedarán relegados y muchísimas personas se volverán opacas en la desigualdad.

Engañados, seguimos con la corrupción conceptual creyendo que hacer programas y aplicaciones digitales es lo mismo que tener la maquinaria automatizada preparada para que "la máquina", utilizando esos programas y aplicaciones, realice un producto tangible que sea una oferta real para la compra de la gente.

No se trata de evitar que las alas de Asturias se vacíen, sino de volver a recolonizarlas con los medios de "la máquina" (que pueden ser más respetuosos con el medio ambiente al poder controlar su entorno incluso con nanotecnología y datos). Si se tiene éxito, la población en el medio rural nunca volverá a ser lo que fue: ni en su número, ni en su forma de vida. Con menos gente habrá más consumo de Kw/Km2 y el medio rural será más útil y tendrá más servicios. Entonces sí tendríamos un final útil. Pero aquí soñar empieza a ser utopía. Nos estamos convirtiendo en un no lugar solo para resistentes vencidos.

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