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Las maldiciones de Truébano

4 de Diciembre del 2019 - Francisco Santos Santirso Vázquez (Oviedo)

Nací en Buenavista, al lado del Bar Gil. Mis recuerdos, difusos algunos, pero muy nítidos otros, se pasean entre la plaza Occidente y la Silla del Rey: la escuela de Amparo, la tienda de ultramarinos de Javier, los bares Gil y Peña Ubiña, la fábrica de chocolate, con Pinín, Pinón y Telva (aún conservo el carné de pininista) y la pista de hockey sobre patines, casa Veneranda, Las Viudas, Quitapesares, la plaza de toros y el cuartel de la Policía Armada, pero sobre todo "la caleya" de Truébano. ¡Que recuerdos!

Para entonces mis abuelos ya habían sufrido en sus propias carnes la primera de las maldiciones de Truébano: la expropiación de sus bienes, en 1943, para la construcción del hospital y, sin embargo, ajeno a ello, yo tuve una infancia feliz en el pedazo de Truébano que quedó entre los muros del Hospital General de Asturias y la calle Julián Clavería. No hubo ningún trozo de prado, de sebe, ni de piedra que no haya sido pisado y disfrutado. El abrevadero para el ganado y el lavadero con su espectacular paraguas, las escuelas públicas, adonde, en ocasiones, íbamos en busca de nidos de pájaros bajo sus tejas, las "casetas" donde nos refugiábamos entre la leña de la panadería de mi abuelo Lin y que me causaron no pocos rapapolvos, el gallinero de mi tía Veli, donde jugaba entre las pitas y nos bebíamos sus huevos, crudos. También, cambiando cuentos del "Jabato" y del "Capitán Trueno" en casa de Gloria, pasando por mis primeras clases de música con Pepín, músico prestigioso de la Orquesta Sinfónica, donde intentaba sacar mis primeras notas al clarinete. La Muria... ¡cuántos partidos de fútbol jugados allí! Y cómo corríamos todos para intentar arrebatar la pelota a Quini, quien fuera después jugador del Real Oviedo. Lógicamente, tarea imposible.

No fue esta la única maldición. El nuevo HUCA está hundido en el ranking y no recupera el prestigio sanitario que merecidamente había alcanzado y, con el régimen que se está instalando en España, presumo que ya no lo volverá a recuperar.

El viejo hospital, que otrora fuera una referencia para la medicina española, ha sido desmantelado y trasladado a La Cadellada y la zona que ocupa, convertida en un paraje hostil y abandonado, presenta un lamentable estado. La plaza de toros, el Hospital General, la Residencia Sanitaria, Silicosis... son objeto de infames promesas y proyectos que nunca se cumplen porque sencillamente no se pueden llevar a efecto, ya que sobre la conciencia de los políticos municipales y autonómicos de turno pende la maldición de Truébano: "La ley de Expropiación Forzosa establece para los terrenos expropiados con fines sanitarios que, desaparecida esta afectación, han de ser revertidos a sus primitivos dueños o causahabientes".

Por si fuera poco, en el espíritu de la ley de Memoria Histórica está el reparar a las víctimas del franquismo. ¿Puede caber alguna duda de ello para quienes han sufrido tan salvaje expropiación y sufrieron en silencio la mal-enajenación de la mayoría de sus bienes? ¿Puede caber alguna duda de que, en aquellos tiempos de férrea dictadura, no era imaginable plantear la más mínima reivindicación? ¿Es lícito arrogarse una injusta titularidad para destinar Truébano a una ciudad deportiva para el Real Oviedo o una ciudad de de la justicia o una residencia intergeneracional o una residencia de estudiantes o un centro multiusos?

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