Demografía: una vez más
De vez en cuando algún político, aburrido de sostener la pelea de todos los días por un puñado de votos, vuelve la mirada a los números y ve la inmensa ristra de negativos que muestra nuestro crecimiento demográfico y se asusta.
Y entonces recupera en su mente los planes quinquenales, los institutos demográficos, se inventa un programa gerontológico y un máster a implantar en la Universidad de Oviedo sobre el envejecimiento o llama a concilio a todos los geógrafos de la región para que revivan al enfermo moribundo, o, en última instancia, lo que se le ocurra ese día. Y seguirá después buscando recetas para parar lo que parece imparable y detener lo que no se puede detener. Y las únicas medidas que se le vendrán a la mente serán las económicas y las tecnológicas (¿les suena a ustedes la tecnocracia?). Medidas que, por supuesto, aun en lo económico no inciden en ninguno de los lastres de nuestra economía, me refiero a los reales, claro.
Pero dejando al margen estos dos aspectos, ninguno de los análisis se centra en las causas profundas del bajón demográfico, de tal forma que mientras se siga en la dirección tecno-económica no se avanzará nada (en la dirección correcta, me refiero).
Si el problema fuese el tecnológico (llámese fibra óptica, banda G o drones que me lleven el pan a La Colladona), ¿cuál es la razón por la que hoy, cuando la tecnología es cada vez más asequible, las tasas de nacimientos son tan negativas?, ¿por qué razón la curva de desarrollo tecnológico es en Asturias de signo opuesto a la de los nacimientos?, ¿por qué los nacimientos brillan por su ausencia en una ciudad que cuenta con todo lo moderno como es Avilés –por poner una–, lo mismo que en el campo, donde no lo tiene?
No, no debe de ser entonces este el origen del problema.
El económico, con ser en algunos puntos culpable, tampoco parece ser el origen. Vivimos mejor que las generaciones precedentes, comprar una lavadora no es para los ricos y cambiamos de coche sin pensar que nos tiene que durar treinta años y no es necesario esperar a que la televisión eche chispas para cambiarla, lo hacemos porque hay otra más moderna y punto, incluso ¡viajamos al extranjero! Por otro lado, si el tema económico (léase salarios, subvenciones, ayudas o como se quiera implementar) fuese el problema, los países que ostentan una mayor renta que el nuestro deberían ser paraísos de la infancia, cuando sabemos que no es, ni de lejos, así. Entonces, ¿qué deberían estudiar los políticos para apañar un poco las cosas?, pues bien sencillo: la familia. Familia que se lleva erosionando desde hace décadas inmisericordemente. Y alguno podrá argumentar que si el modelo de familia ha variado, que si el derecho a escoger tal o cual opción; en fin, los argumentos conocidos; vale, aceptamos la multiplicidad de opiniones. Pero es un hecho real, no opinable y no sujeto a interpretaciones, que la caída demográfica ha ido de la mano de la desaparición (o el intento de) de la familia tal y como se ha entendido desde los tiempos de Cícero (y aún antes), entre ellos uno de los que más erosiona el número de nacimientos como es el de abortos practicados. A lo mejor no hay una relación causa-efecto, pero lo más normal es que si es blanco, viene de la vaca y se bebe, sea leche. Y llegados a este punto, uno (o una) puede responder con que: “Hace lo que le da la gana”, ¡por supuesto, lo que le da la gana!; ahora bien, mucho cuidado con decir después que nada de esto se avisó, dentro de treinta años, cuando se retire la generación de los cuarenta (por decir una), a lo mejor no hay personas suficientes para pagarles el retiro; se recogerá lo sembrado, ni más, ni menos.
Vivimos, nos guste o no, insertos en una sociedad que es heredera de las generaciones pasadas y testadoras de las futuras por lo que, desde un punto de vista meramente público, no podemos hacer lo que nos dé la gana. Existe una responsabilidad tácita en nuestros actos que va pareja al derecho a la crítica a las generaciones que nos precedieron, no podemos alegar este olvidando aquella. Olvidar esto es olvidar que somos ciudadanos. No creo que el político con el que iniciábamos la carta desee olvidarlo, nos jugamos mucho con ello.
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