Virtudes y valores
El mundo occidental, en lógica consecuencia de la herencia judeo-romana-cristiana, ha tenido como referencia las virtudes que la Iglesia católica denomina cardinales en cuanto gozne o soporte de la vida moral del hombre. Santo Tomás afirmaba que la virtud es un hábito operativo bueno, lo que supone una disposición habitual y firme a hacer el bien (Catecismo de la Iglesia católica, n.º 1.803). De este modo, la prudencia, capacidad de reflexionar antes de actuar, que implica el sentido de la oportunidad; la justicia, voluntad de la persona de que cada cual reciba lo que se merezca; la fortaleza, garantía de firmeza ante las dificultades y constancia en la búsqueda del bien, y la templanza, que asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos, tienen un ámbito universal. Subsidiarias de ellas podemos citar la amabilidad, la amistad, el desprendimiento, la humildad, el optimismo, la paciencia, la responsabilidad, la sencillez, la sensibilidad, la valentía, la autenticidad, el perdón, al fin la libertad. Así lo explica Lawrence Lovasik en su recomendable libro “El poder oculto de la amabilidad”.
De la confluencia de una compleja serie de factores que parten del alejamiento o desdén de Dios como Padre Creador, comprendiendo el relativismo, el laicismo (que no la laicidad), el avance mal entendido de las ciencias en la medicina, la genética y las nuevas tecnologías, se deriva actualmente la utilización habitual de la palabra “valores”, casi en oposición a las virtudes, como relevando estas al ámbito puramente eclesiológico. Los valores remiten a la existencia de una excelencia, se refieren, por así decir, más a las “cosas” que a las personas; son bienes que la inteligencia humana acepta como buenos para él, individualmente, como persona, pero ciertamente son ambiguos, puesto que no todos consideran como valor algo que lo es para otros, y son, en sí mismos, neutros, pues dependen del uso que les demos. De ahí que llegan a ser considerados hoy valores el individualismo frente al bien común; el relativismo, con la negación de la verdad objetiva; el carácter, desdeñando el arrepentimiento; el pensamiento débil, líquido, y, por consiguiente, el amor temporal o provisional; el buenismo; la utopía; la imposición de los criterios de las minorías con la excusa del respeto a sus pretendidos derechos.
Dice Benedicto XVI que nuestra cultura adolece de un déficit de verdad, y la crisis actual, se pregunta, ¿no es una crisis de valores? (Homilías a las familias. Santiago de Cuba y La Habana, mayo de 2012). Incidiendo en ello, el cardenal Sarah (“Se hace tarde y anochece”) afirma que “es esencial que haya unos valores fundamentales que rijan la vida de las sociedades. El relativismo se alimenta de la negación de los valores para imponer su tóxico control. En un sistema relativista todo es manipulable, incluida la vida humana. Y se extingue la libertad”.
Frente a ello, citando de nuevo a Benedicto XVI, “poner de relieve los verdaderos valores, estudiarlos, tener ideas claras sobre ellos es una tarea muy importante y decisiva en la vida”.
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