Pedro Aza en el recuerdo
Hace unos días, a finales de noviembre, recibí la noticia del fallecimiento de Pedro Aza. Aunque sabía de sus achaques, nada hacía pensar que todo fuera tan repentino y, por tanto, me cogió de sorpresa. Como suele pasar en estos casos, se amontonaron muchos y gratos recuerdos de nuestras andanzas juntos. Pedro había sido jefe mío durante casi veinte años en una empresa multinacional farmacéutica, era de esas personas que en poco tiempo parece que las conoces de siempre. Destacó en él su gran empatía y simpatía, que eran sus grandes habilidades para hacerse con la gente en poco tiempo. Tenía muy buena formación científica en Biología y le gustaba estar al día en todo lo referente al trabajo. Su capacidad de trabajo era enorme, entre otras cosas, porque dormía muy poco, apenas cuatro horas al día, lo que hacía que a las 7.30 de la mañana ya estuviera preparado y con todo el correo al día para acompañar a sus delegados.
Pedro era abundante en todo: mucho trabajo, mucha implicación, mucha comida, muchos conocidos, mucho corazón y esfuerzo que le trajo algún susto gordo hace años. Trabajar con él fue muy didáctico porque era muy exigente, pero se aprendía. Serio en los acuerdos y generoso en el trato. Sus grandes aficiones, su mujer, Lili, y su hija Carmelina con su marido Javier y sus dos nietos, Pelayo y Pablo, con los que últimamente tuvo más tiempo para disfrutarlos. También ayudaba fines de semana en Casa Puyo, restaurante en Trubia de la familia de Lili. Con Pedro viajé por trabajo por muchos sitios de España y algunos del mundo, recuerdo sus regateos en el Gran Bazar de Estambul, donde nos llevó comprar una mochila dos horas y media, cuando nos dejaba tirados el avión de última hora de Madrid a Asturias y veníamos ocho en una furgoneta y parábamos a cenar en Valdebimbre; con Pedro sabías cuándo salías, pero nunca cuándo entrabas, nunca se sabía lo que podía pasar... siempre algo simpático. Y estos días lo recuerdo con especial detalle, su carácter vital, directo, discutidor, natural y buena persona. Hasta siempre, Pedrín. D. E. P.
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