El Cojo Manteca
¿Qué tienen en común las escenas que a lo largo de este mundo se han repetido en los últimos meses del año que termina? (París, Hong Kong, Ecuador, Chile, Bolivia, Colombia, Libia, Cataluña...): la violencia ejercida por grupos minoritarios que termina, por un lado, solapando las legítimas reivindicaciones de la gran mayoría de ciudadanos que protestan por los abusos del poder, las desigualdades o la pérdida de derechos y, por otro, dando argumentos al poder y a las clases privilegiadas sobre la violencia gratuita que supuestamente ejercen los movimientos reivindicativos. En algunos lugares (Ecuador, Chile, Bolivia), llegan más lejos y atribuyen los actos de violencia a la “mano negra” del contubernio Lula-Correa-Cuba.
El millón de manifestantes que salieron a las calles en Santiago de Chile casi no fue noticia, porque los medios prefieren la fotografía del contenedor o el coche incendiado, que termina ocultando las razones de las reivindicaciones.
Pero esto no es nada nuevo. Quizás el fútbol es el mejor exponente del “modus vivendi” de grupos minoritarios que nada tienen que ver con la pasión por los colores de un club y que terminan en tragedias. Está demostrada, hasta la saciedad, la utilización de estos “profesionales” de la violencia por parte de las directivas de los clubes de fútbol.
De igual forma, la aparición en los últimos años de una especie de “internacional de la destrucción” (especialmente en Europa), agrupados bajo el epígrafe de “antisistema”, actúa en todas y cada una de las manifestaciones reivindicativas, sin olvidar el “atractivo” que para algunos adolescentes supone el enfrentamiento a las fuerzas de seguridad (en Barcelona, preguntado un adolescente por un periodista por los motivos para lanzar adoquines, respuesta: “¡Puf… un subidón, tío... un subidón!").
A mediados de los ochenta, la sociedad española empezaba a dar síntomas de cansancio ante los incumplimientos del segundo Gobierno de Felipe González, especialmente la juventud que reclamaba la reducción de las tasas universitarias y la supresión de la selectividad. El 23 de enero de 1987, una pacífica y multitudinaria manifestación por Madrid, terminó de la peor manera posible por la actuación de un grupúsculo de violentos que se enfrentaron a la Policía, con el resultado de una menor de 15 años muerta por disparo. De la batalla campal, emergió con perfil propio (irresistible para la prensa espectáculo) un personaje que se convirtió en “icono” de las protestas estudiantiles por su indumentaria y estética antisistema, el Cojo Manteca. Arremetía contra todo lo que se ponía por delante. La imagen (portada de los medios de la época, incluidos el “Herald Tribune” y el “New York Times”) destrozando con su muleta un cartel del Banco de España dio la vuelta al mundo. El Cojo Manteca ni era estudiante ni nada tenía que ver con el movimiento estudiantil, pero su imagen anuló, mediáticamente, una de las manifestaciones más multitudinarias de la España democrática (solo en Madrid, un millón de manifestantes salieron a la calle pacíficamente).
No obstante, nada pudo evitar la crisis en el Ejecutivo socialista de Felipe González, que se saldó con la dimisión de uno de los ministros más brillantes de su gabinete, José María Maravall.
Joan Manteca Cabañes, después de pasar por varios platós de TV contando sus andanzas, murió prematuramente en 1996, a los 29 años de edad, víctima de sida.
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