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El ambulatorio como centro de ocio

12 de Diciembre del 2019 - Ana Menéndez (Lugones)

El 9 de diciembre acudí al centro de salud de Lugones y había como unas 22 personas esperando para ser atendidas con un único médico de guardia y una enfermera. Nada nuevo bajo el sol, porque aquí siempre estamos bajo mínimos y teniendo que esperar ocho días para una cita con el médico, lo cual, en parte, provoca que esto esté como acabo de ver.

Finalmente le he dicho a la persona de admisiones que me saque de la lista para que no me atiendan, porque yo no puedo estar con la fiebre que tengo y el dolor de cabeza que tengo en un sitio donde la gente está de risas y dando voces. Solo les falta ponerse a cantar. No sé si necesito un antibiótico que en la farmacia no me lo van a dar, y es adonde voy a ir ahora. Si lo necesito, en casa tengo uno, y me lo acabaré tomando, porque yo mañana no tengo otra opción que ir a trabajar.

Me gustaría saber por qué es obligatorio atender a cualquier persona aunque aparentemente esté genial, mientras yo estoy que no me tengo en pie, en una silla esperando. Me gustaría saber por qué a la gente que va al médico porque se aburre en su casa no se le explica que esto no una urgencia y que haga el favor de dejar de hacer esto.

Me da la risa con las campañas de que la gente no se automedique y que no tome antibióticos sin motivo, cuando a veces no queda otra opción por culpa de un montón de incívicos a los que la Administración protege y les permite que sigan actuando así. Me gustaría saber de qué sirve un cartel en el que se pide a la gente que no grite en las salas de espera de los hospitales y centros de salud cuando solo les falta sacar una guitarra.

Quisiera saber por qué el personal de los centros o un guardia jurado, cuando los hay, no ponen un poquito de orden. Finalmente fui a la farmacia a ver qué me podían dar sin receta para mañana ir a trabajar sí o sí. Y reitero que a quien solo le falta ponerse a cantar en una sala de espera de un médico está perfectamente y no debería ser atendido. Mientras tanto seguiré cotizando para que todo el mundo tenga derecho a ser atendido, incluso por la enfermedad del aburrimiento. Sobra decir que lo que me voy a comprar, pese a cotizar, voy a tener que pagar su precio íntegro, porque no me lo habrán recetado.

La solución a esto es bien fácil. Se pregunta en admisiones el motivo de la consulta y, si no es una urgencia, no se admite al paciente. Y ya está

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