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Un nuevo genio, un nuevo Aladino

20 de Diciembre del 2019 - Darío Martínez Rodríguez (Pola de Siero)

Un modesto Aladino, ni siquiera de cuento, frota la lámpara. Por las circunstancias extraordinarias en las que vivimos en España se le concede un deseo, tres podría no ser sostenible, y más cuando los deseos ilimitados y costosos de muchos son moneda de curso corriente. Nuestro genio es bondadoso, escucha con atención y es prudente. Su fuerza para los milagros está debilitada. Con todo, su inteligencia le permite hacer realidad lo imposible, sólo por una vez, pero con ella acredita su capacidad genial. El ciudadano aturdido y resuelto a pedir lo imposible, pero a bajo coste, le solicita como siervo fiel que resuelva un enigma ajeno a cualquier lógica con sentido. Ya no es el saber preciso y mitigador de miedos que pueda dar cuenta de la voluntad de Dios, ahora el tema de su angustia es otro. Titubea, mira a su alrededor, no teme por su pregunta, sino por la respuesta que se le pueda otorgar. Su nuevo saber le elevará. Le hará diferente, pero dado su grado de generosidad compartirá, aún a riesgo de su vida, como el filósofo de Platón que regresa a la caverna a orientar al que no sabe, su adquirida verdad. Un silencio incómodo, el genio no le apura, no muestra desagrado, le trata con benevolencia. Se impacienta pero sigue imperturbable, finge, pero es un gesto de aproximación, de confianza. Nuestro Aladino traga saliva, dilata el silencio, le mira a la cara con incredulidad y le pregunta: ¿cuántas naciones hay en España? No tarda, se muestra aliviado, un genio como él sabe la respuesta; en un acto pedagógico de gran agudeza comienza a contar a la vez que señala con el dedo índice un mapa político del Estado español (si fuese con el corazón la situación sería otra, quizá su recuento no fuese veraz, tal vez su razón quebrada le hubiera corrompido hasta mostrarlo como un genio maligno. Pero no, es un genio real, racional, infinito y bondadoso, con él la realidad y lo que el joven Aladino puede pensar es ajeno a cualquier tipo de lógica extraña). Con el dedo índice y con armoniosa precisión comienza: una, dos, tres..., nueve. Aladino es un siervo aventajado, su constancia tiene premio, sus saberes previos le permiten con facilidad reconocer cada una de las naciones señaladas por el genio de la lámpara. Lo que nadie sabía ahora será por todos conocido. ¿Será reconocido? ¿Será entendido? ¿Será fuente legitima de derecho soberano? ¿Serán asumidos por todos los ciudadanos españoles los afectos en forma de sentimiento compartido en torno a una nación étnica, cultural, que quiere ser Estado, afectos que brotan con la misma necesidad que las ideas guiadas por la razón? ¿Estamos dispuestos a sacrificar el presente, a abandonar nuestro pasado más inmediato, en aras de un progreso hacia no se sabe dónde y perfectamente indefinido?

Yo no tengo respuestas, sí muchas dudas. Tampoco he tenido la suerte de toparme con ningún genio salido de una lámpara. Iceta en el personaje de Aladino hace un gran papel. Concedámosle su mérito, rindámosle los honores requeridos por un sistema que más que democrático se nos torna ante lo visto como timocrático.

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