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La tristeza otoñal

13 de Diciembre del 2019 - José Antonio Flórez Lozano

El cambio de estación es causante de la tristeza propia del otoño, conocida como depresión otoñal o “síndrome afectivo estacional”. En estos días de otoño, frescos y soleados, sueño con ponerme a caminar sin rumbo, salirme del sendero y adentrarme en la frondosidad del bosque sintiendo las hojas secas al caminar, dando nombre a los pájaros y escuchando atentamente la singular sinfonía del bosque, interpretando su lenguaje de paz y felicidad. Entre las ramas de los árboles, sobre la colina, puedo ver una casa con el humo saliendo de la chimenea. Recuerdo la casa de mis abuelos; me imagino a todos frente al fuego llenos de satisfacción, amor, ilusión y felicidad. El otoño es estación de nostalgias, de imágenes infantiles que nos proporcionan también mucha felicidad. Las hojas caídas amortiguan el paso de quien atraviesa los caminos del bosque, escuchando ese aire que pasa entre las ramas, que gime, canta y susurra; un lenguaje invisible que duerme en los vientres huecos de algunos troncos deshabitados. Y a pesar de que nos subyuga por su belleza, la mente se impregna también inexorablemente de tristeza, recuerdos y melancolía. Parece que los árboles se mueren y se quedan literalmente desnudos, tal y como ocurre al ser humano. Y esa sensación de límite y de caducidad se contagia en la mente humana.

Debe salir hoy o mañana

El otoño nos subyuga por su belleza, pero la mente se puede impregnar también inexorablemente de tristeza, cansancio, temores, angustia y melancolía. Ahora comprendo por qué el otoño es época de arrebatadas melancolías. Y en consonancia con la desangelada y umbría paz del bosque, se humedecen los ojos que empiezan a expresar en sintonía con la naturaleza (de la que formamos parte) la tristeza, a veces, profunda. En fin, hemos entrado en el gran reino del otoño. El otoño es un bosque de preguntas desatadas por esos paisajes y esa música sorda que bate los días, y, precisamente, en esa bruma, se despiertan la fragilidad humana y, tal vez, el absurdo de la existencia. El hombre se enfrenta con su cruda realidad, que advierte en el caer de las hojas, en los árboles desnudos y en el crepúsculo del sol otoñal. El otoño es la mejor metáfora de nuestro propio declive y debilidad. El otoño se presenta como un cansancio luminoso, como desierto de huellas, como estación sin tiempo, como fulgor que despide la luz al apagarse. Quizá por eso seamos más vulnerables, y el fantasma de la limitación del tiempo y de la muerte desencadene una cascada de sintomatología depresiva.

Tal vez por eso la gente dice que el otoño es época de “depre”, que las “depresiones son para el otoño”. Las noches se hacen largas y los días grises. Brotan el hastío, la monotonía del reloj, la distancia, la extrañeza, la desconfianza y la fuga. La Organización Mundial de la Salud (OMS) prevé que en el año 2020 la depresión sea la segunda causa de incapacidad en el mundo, tras la patología cardiovascular. La depresión es la principal causa de sufrimiento emocional en el envejecimiento y reduce de forma significativa la calidad de vida de las personas mayores. Cerca de cinco millones de personas en este país sufren de depresión. Además, las depresiones son la causa del 80% de los suicidios, y en España la tasa de suicidios ronda la cifra de cinco mil al año. Sin duda, la disminución de la luz solar en la estación otoñal produce cambios drásticos en nuestro reloj biológico, alterando el patrón de respuesta fisiológica ante los cambios de luminosidad. Por eso aumenta la producción de melatonina, al tiempo que disminuyen los niveles de serotonina y, en consecuencia, se modifican los estados de ánimo, produciendo en personas especialmente vulnerables las temibles depresiones y la ideación suicida. Hasta un 5 por ciento o un 10 por ciento de las personas adultas sentirán en los meses de otoño e invierno cansancio, letargia, desesperanza, aislamiento social, desánimo, frustración y disminución de la actividad. La reducción de horas de luz y la llegada del frío se encuentran entre los factores desencadenantes de este trastorno psicológico. La persona predispuesta a este tipo de desorden tiene que conseguir que su hogar sea más luminoso. Todo ello, sin duda, contribuye a hacerles más felices. Después del túnel en el que muchas personas se encuentran atrapadas, vienen la luz, la esperanza y la felicidad. La nostalgia también puede ser un trampolín que nos impulse hacia la felicidad. Ello es posible, y en esos recuerdos otoñales también se encuentran eficaces fármacos antidepresivos.

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