La siembra del miedo
Cierto grado de irracionalidad es inherente a todo ser humano, aunque la encontraremos en mayores dosis entre quienes acostumbran a moverse por la vida mucho más por sentimientos gregarios, impulsos e instintos, que por reflexivos procesos racionales. Si además añadimos la demostrada eficacia que alcanza la siembra del miedo para manipular las mentes y conciencias con menor formación, estaremos ante un cóctel extremadamente peligroso. Cuando se dispone de poderosos medios de comunicación, proclamar la inminente amenaza de un gran enemigo o de un mal apocalíptico sobre la humanidad suele ser un eficaz resorte para movilizar a la gente en la dirección interesada de quien administra y difunde el miedo. Alarmar y atemorizar facilita mucho la conducción hacia el tobogán por el que acabamos cediendo nuestras inteligencias y libertades a quienes se erigen en liberadores de los terrores que ellos mismos sembraron. Porque, ante una grave emergencia planetaria, todo vale. Todo, menos la disidencia de atreverse a cuestionar la dimensión real de la amenaza o la inadecuada desproporcionalidad de la respuesta. Y quien se oponga corre el riesgo de ser declarado un peligroso enemigo de la humanidad.
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