Cuando el minero fue militarizado
Acabada la guerra en Asturias, en octubre de 1937, la contienda fratricida continuó en otras regiones hasta marzo de 1939 (con el doloroso balance de un millón de muertos y una España destrozada) y el carbón asturiano se hizo necesario para el resurgimiento de una nueva economía. Y su explotación en nuestras cuencas mineras se inició de una manera apresurada e impetuosa, de sol a sol, con un gran sacrificio para los trabajadores, mal alimentados y con unos salarios de miseria. El negro mineral se extraía y como salía de la mina se vendía, con escombro y todo. La demanda era tremenda, lo que dio lugar a una corrupción en determinados políticos y empresarios.
Como la guerra continuaba y el carbón era cada vez más necesario, el Gobierno militarizó las industrias y el personal perteneciente a reemplazos incorporados a filas hacía el servicio militar en la mina. Y así vimos cómo fueron muchos los que vinieron a trabajar a nuestras minas para librarse de ir a la guerra. La mina y el pico y la pala eran mucho mejor y más seguros que el fusil y una trinchera. Y si un minero sujeto a filas abandonaba el trabajo, era considerado desertor y buscado por la Guardia Civil. Y a la mina de nuevo, o al frente de combate.
Como consecuencia, las empresas mineras eran consideradas como unidades militares, y los mandos tenían el grado que les correspondía según fuera su puesto o cargo en la empresa. Por ejemplo, en la Hullera Española, Minas de Aller, primera empresa militarizada, su ingeniero director, Rafael Belloso, tenía el grado de comandante; el ingeniero subdirector, Isidro Baranda, era capitán, y los ingenieros jefes de grupo, tenientes; los capataces jefes de grupo, brigadas y demás capataces eran sargentos. Hemos de aclarar que capataces eran denominados todos aquellos que habían estudiado esa carrera en la Escuela de Capataces de Mieres, que luego pasaron a llamarse facultativos de minas y ahora ingenieros técnicos.
Se vestía normalmente, de paisano, y las estrellas o galones se llevaban en la chaqueta sobre un pequeño fondo negro. Y el personal considerado como soldados rasos llevaba un brazalete azul con una pequeña bomba de latón. En un principio se tomó muy en serio la cosa militar, pero luego las estrellas y galones pasaron al cajón de los recuerdos, excepto algunos que lo tomaron muy en serio y les gustaba fardar de militares. Por ejemplo, un capataz pretendía que el minero raso le saludara militarmente, y seguro que con taconazo. Este sargento, que era capataz en el Pozo San Jorge de Caborana (antes rampero y vagonero en él, y para hacer bueno eso de que no hay peor cuña que la de la misma madera, era un cribillo con sus antiguos compañeros de trabajo), propuso el que los mandos vistieran uniforme, lo que motivó un cachondeo tremendo. Y un cachondeo terminó siendo aquella militarización, que sirvió para que muchos jóvenes se libraran de ir a la guerra.
Sí hubo hechos y casos muy curiosos con aquello de la militarización, como también el de Belarmino García, "Belarmo", de Caborana, un tipo muy célebre y un buen minero, que trabajaba en el grupo Melendreros de la Hullera Española. Cuando le hicieron vigilante y pasó a tener el grado de cabo, se puso el galón en la gorra y mangas de la chaqueta y así se plantó, cuadrándose ante su mujer, y muy solemne y le dijo: “Se presenta al cabo Belarmo, del batallón de Melendreros, a tus órdenes, muyer”. Ella no entiende aquello y él le explica lo de la militarización. Y entonces Maruja, que así se llamaba su mujer, le da un pase de pecho y le dice muy amorosa y risueña: “Nun voy a presumir yo, Belarmo, diciendo a les demás muyeres que el mio home ye cabu y yo ahora seré caba tamién”. Belarmo, socarrón, le dice: “Tú, con lo mandona que yes, más que cabo yes un sargento pistonudu”. Ríe ella, otro pase de pecho, y añade: “Pues entós tienes que ponete a les mis órdenes”. Belarmo, ahora, con una compungida ironía, le responde: “Pero, Marujina, si esti prubín ya lo ta desde que nos casemos...”. El flamante cabo y su mujer se funden en un abrazo, con una carcajada. Más o menos así, esto me lo contó el mismo Belarmo en 1945.
Aquello de la militarización, como tantas otras cosas y hechos vividos en aquellos tiempos tan calamitosos, de mucho trabajo y mucha necesidad, es ya historia, ejemplar y sufrida, de la minería asturiana, tan poco reconocida y valorada. Demostrado está, dicho sea una vez más, con ese cerrojazo que los gobiernos del PP y el PSOE han dado a nuestro carbón, lo que no deja de ser y de constituir una verdadera “carbonada”.
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