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Greta Thunberg o los que pueden quieren poco

14 de Diciembre del 2019 - Fernando Martínez Álvarez (Grado)

Hija de una cantante de ópera y un actor, hace dieciséis meses se sentó delante del Riksdag, el Parlamento sueco, con un pequeño cartel que decía que los viernes estaba en huelga escolar por el calentamiento global.

Con 14 años se convirtió en temprana activista, eligiendo esa forma de manifestación como rabiosa protesta por la honda preocupación que le causaba el estado de las cosas en la salud de nuestro cielo.

Su decisión tomó cuerpo. Las ausencias a las clases los viernes se extendieron como una benigna infección entre muchos jóvenes por distintos países de todo el mundo.

En todo este tiempo la adolescente de comportamiento algo histriónico y mirar estrábico ha visitado a primeros mandatarios, cámaras de representantes, organismos de Naciones Unidas, Conferencias Internacionales para el Clima...

Su absoluto compromiso con la idea de intentar evitar la actual subida de temperaturas le ha llevado a rechazar los medios de transporte emisores de gases causantes del cambio climático. Por lo tanto, no viaja en avión, en coche de gasolina o gasoil, o en cualquier otro medio que añada más dióxido de carbono a la atmósfera; también ha dejado de comer carne, por la comprobada responsabilidad que el ganado tiene en las emisiones de metano, otro gas maldito.

De esa forma, para sus movimientos ha debido hacer uso del tren, vehículos eléctricos o cruzar el océano Atlántico a vela; también hacerse vegana.

Por la obligada lentitud en sus desplazamientos, no faltaron voces mezquinas, siempre dispuestas cuando se trata de hacer chanza de los demás, ideando publicitadas formas de hilaridad a su costa, como ofrecerle un burro para sus traslados. O buscando su desprestigio al inventar pasados aviesos, como el de un padre ecologista contumaz, quien pudiera haber ideado y obligado a la chica a ir a sentarse ante el Parlamento, para buscar notoriedad con su cartelito. O lo de su abuelo, conocido actor y director del cine sueco, quien pudiera ser un importante accionista del lobby de la energía aerogeneradora.

Cuando mentimos buscando cinco pies al gato, podemos encontrarle aún más. Pero el animal seguirá teniendo cuatro.

Una chica que no ha hecho más que sentarse y dejar de ir un día a clase; que nunca ha trabajado, que se ha paseado en velero por el océano solo para ir de un suelo enmoquetado a otro, dicen muchas bocas.

Pero siendo tan joven las horas pasan lentas fuera de tu país de origen y lejos de tus amigos; en el mar los días son interminables, si solo son anestesiados por lectura atenta o la preparación de la próxima intervención ante quienes quieran acompañarte. Y caminar las calles, en una ciudad u otra, que permita albergar tu llamada de atención.

Hasta cuándo va a durar el asunto... no se puede saber. Quizás el cansancio, la lentitud de los traslados o lo limitado de su mensaje, un mensaje que pronto sonará a sabido, puedan hacer que ocurra. Y entonces, ¿qué...? ¿Seguir manifestándose? La posible consecución de logros por las manifestaciones es muy dudosa. Quienes quieren no pueden; quienes pueden quieren poco: Xi Jinping, Donald Trump y Ram Nath Kovind, presidentes de China, USA y la India, trío de países en el pódium de las emisiones de carbono, no moverán un dedo para bajarse de él si han de dejar de quemar carbón.

Las personas activas en la lucha por el clima deben, pues, escarmentar a esos países que no hacen nada por nuestra atmósfera. Y no son las manifestaciones el medio que poseen para ello, sino la exclusión económica. La gente dispuesta a luchar por la protección de su atmósfera ha de unirse en una negativa absoluta al consumo de los productos procedentes de esos países. Estos, al ver descender sus exportaciones y desequilibrada su economía, convendrían en la comprensión de que somos interdependientes para todo: primero para el clima. Y, por supuesto, también para la economía.

¿Cuántos de nosotros elegirían por iniciativa propia cambiar y limitar sus costumbres alimenticias por un fin superior y no de beneficio personal?

¿Quién dejaría de ir a tomar unas sidras a la plaza de Requejo por no coger el coche? ¿Para cumplir con un compromiso propio de disminuir la huella de carbono?

¡Venga, hombre! ¡Escancia otro!

Cuando alguien toma la esforzada decisión del compromiso personal con sus ideas y se sacrifica para llevarlas a la práctica en su propia vida, lo mínimo que merece es respeto.

Y los demás, tal vez menos manifestación y más compromiso.

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