La España que dormita en el lecho de la Historia
A punto de llegar a su término la década de los cincuenta, la España interior comenzó a manifestar los primeros síntomas de calvicie demográfica. El Estado español todavía se esforzaba en salir de una economía de posguerra y los brotes verdes, derivados de la reindustrialización, solamente alcanzaban la periferia regional cantábrica y mediterránea. Eran tiempos de escasez y conservación. Fueron los años que dieron inicio a la sobreexplotación del suelo cultivado para la exportación y la degradación atmosférica, acompañados de una clase media incipiente y un tejido empresarial afín al régimen, a quienes lo de crear riqueza les sonaba a lujo y comodidad personal al margen de cualquier otra responsabilidad social. La actividad económica, en manos de viejas estirpes financieras y nuevos emprendedores, a la sombra, todos ellos, de papá Estado (dinámica productiva de la que aún sigue dependiendo el mercantilismo patrio y que, por entonces, era adoptada como economía mixta de mercado), sentaron las bases de un empresariado adocenado, abrupto y nada proclive a la transformación productiva y social. Gracias a este sistema económico, las pérdidas en la empresa pública eran socializadas a través de los presupuestos del Estado mientras la riqueza productiva iba a parar a manos privadas. Buen ejemplo de lo antedicho eran, en la industria siderúrgica, Altos Hornos de Vizcaya, empresa de capital privado, boyante en beneficios producidos por el abastecimiento al consumo interior, y Ensidesa, deficitaria por la competencia que suponía el mercado exterior del acero. Otra vez papá Estado socorre a la economía privada a costa del déficit público. Somos hijos de la Historia y, a través de ella, analizados viejos comportamientos, damos cumplida explicación a los que ahora emergen como nuevos dentro de una clase social reacia a la pérdida de aquellos privilegios disfrutados en una España concebida con carácter patrimonial. Dejemos para la ciencia sociológica el estudio de la deriva ideológica de los sectores asalariados atraídos hacia el polo extremo característico de cierta burguesía capitalista.
Esa España interior, iniciados los sesenta, hoy renombrada, con cierta sonoridad apocalíptica, como vaciada, por muy increíble que nos parezca, carecía de cualquier símbolo capitalista sustentado en la clase media, a no ser que el trueque pudiéramos incardinarlo dentro de alguna variante de la balanza de pagos, como transacción permutativa. Era la década del desarrollismo turístico que venía a mostrar la parálisis evolutiva en que nos había sumido la dictadura, las carencias de todo tipo con respecto a nuestros vecinos europeos. Eran, los años cincuenta hasta bien entrada la siguiente década, la Asturias de candil y moñiga, la España en blanco y negro, en sesión continua de "Bienvenido, míster Marshall" y "La Lola se va a los puertos", del folletín radiofónico "Ama Rosa", de toros y ejercicios espirituales, la sociedad del remiendo y heredad por edad, la de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS.
Hoy, las estrategias del capitalismo español, integrado en su mayoría cuantitativa en el IBEX 35, pasan por tratar de colonizar los medios de comunicación y el poder político. Funcionan como emisarios del miedo que debilitan el ímpetu de la mayoría social sectorizándola en una diversidad de intereses que dan como resultado final la continuidad lampedusiana del inmovilismo democrático. En realidad, estos sectores económicos proceden intelectualmente del siglo de la industrialización, actúan como las monarquías absolutistas, con los poderes sindicales maltrechos por la parálisis operativa, luchas intersindicales y, en algunas situaciones, corrupción. Caso de que la preeminencia capitalista se viera disminuida o deteriorada por algún medio ilustrado en la ilegalidad contable o de inestabilidad económica, ahí estarían los "Cien Mil Hijos de San Luis", en forma de añadido constitucional, para restaurar el nuevo orden absolutista-liberal (contradicciones interpretativas de la evolución semántica y social). La alianza europea, en estos casos, funciona a toque de trompeta, o, lo que es lo mismo, a golpe de voto involucionista. Ahí, en la Cámara de diputados, sí que opera eso de cada español un voto, fuera de ahí lo que sus señorías dispongan. Y mientras la extrema derecha se rearma y el soberanismo amenaza, España dormita en el lecho histórico, caliente desde el siglo XIX y aún más allá.
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