"Brexit" interminable
Gran Bretaña no es Inglaterra. Ese es el problema. Se confunde con demasiada frecuencia (y con demasiado interés por parte de Londres) esas dos realidades. Escocia, Gales, Irlanda del Norte constituyen entidades de “amor/odio” hacia los displicentes y arrogantes ingleses, pero solo Escocia mantiene vivo su irresistible deseo de independencia y su amor por Europa. Del complejo y variopinto mundo británico, Escocia nunca ha ocultado su europeísmo radical, entre otras cosas, porque son quienes mejor han entendido los valores del europeísmo y las políticas sociales del Estado de bienestar, nunca bien vistas desde la City londinense.
Al recorrer calles y pueblos de la Inglaterra profunda y hablar con sus gentes, cobran sentido las palabras del escritor Gales Ken Follett: “Una gran mayoría del pueblo inglés mantiene viva la épica del gran Imperio británico, creen que es posible volver a ello”. En esto radica el éxito del triunfo electoral de Boris Johnson (con la ayuda impagable de Corbyn). Toda la campaña electoral fue “Brexit”. La pócima que devolvería al orgullo británico su propia identidad, su grandeza perdida, y, de paso, resolvería por arte de birlibirloque sus deficiencias en la sanidad (machacada desde los tiempos de Margaret Thatcher), inmigración, educación y servicios sociales. ¿Quién se resiste a ello?
El pusilánime líder laborista, Jeremy Corbyn, con su inacción y su falta de definición con el “Brexit” -prometió un nuevo referéndum, en el cual se abstendría (¡!)-, ayudó al triunfo electoral de un mentiroso compulsivo como Johnson (solo superado por su gran amigo Trump). Los ingleses sabían a quién votaban, a un populista demagogo, cuya carrera pública, jalonada por la mentira, es su rasgo de identidad. (“Sabemos que miente, pero nos cae bien, es directo”). Como periodista, fue expulsado del periódico “The Spectator” al descubrirse que se inventaba las noticias; como secretario de Estado del gabinete de Theresa May, se vio obligado a dimitir por mentir; mintió a la reina para cerrar el Parlamento... y de las zafias mentiras sobre el “Brexit” ni hablamos, porque no acabaríamos. Hoy tiene las manos libres, sin contrapesos parlamentarios, impondrá a los británicos los ajustes más duros que se recuerdan, como consecuencia del debilitamiento de la economía por su separación de Europa.
David Cameron y Theresa May aplicaron políticas conservadoras propias del partido “tory”, manteniendo la esencia y el espíritu de su “Dama de hierro” (quien, junto a Reagan, inauguró el neoliberalismo y permitió que el capitalismo financiero sin controles nos llevara a la mayor crisis económica después del Crack del 29), pero Johnson no es un “tory” al uso, es un demagogo populista, como Trump o Bolsonaro. Por ello, se avecinan tiempos oscuros, difíciles, para los británicos, especialmente para los más vulnerables y clases medias. Puede ser el fin del Estado de bienestar británico.
La UE ha recibido con indisimulado alivio el triunfo de Johnson, porque supone el fin de la incertidumbre. El fin del “Brexit” interminable. El fin del “Pepito Grillo” en la construcción europea. Gran Bretaña nunca se sintió cómoda en el Club europeo. Europa nunca consiguió levantar el vuelo definitivo porque los británicos ponían plomo en sus alas. Solo les interesaba la Europa de los mercados, no la Europa social. Ahora, con Johnson, los negociadores europeos no pueden permitir que este personaje se vaya de rositas. Gran Bretaña mantiene una gran deuda con Europa (ocultada a sus ciudadanos) y la tienen que pagar.
Será interesante volver en unos años por las calles y los pueblos de la Inglaterra profunda para conocer los efectos del “Get Brexit done” en su subsistencia diaria, la irresistible tendencia hacia la unificación de la República irlandesa y la independencia de Escocia. ¿El sueño del imperio habrá terminado?
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