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No hay envidia sana

19 de Diciembre del 2019 - Enrique Stuyck Romá (Madrid)

Por mucho que nos empeñemos en decir que tenemos “envidia sana” de algo o de alguien, es solo una forma de querer justificar una debilidad que, en mayor menor medida, nos afecta a todos, y de superar complejos o frustraciones.

Ni que decir tiene que, a nivel puramente estético, nos gustaría ser tan atractivos como este o como aquel, a nivel intelectual estar a la altura de determinadas personas, y en cuanto a lo material poseer lo de los demás.

En cualquiera de estos casos no estoy hablando de envidia sana, sino de envidia cochina, que es la menos sana de las envidias. Para entendernos, el deseo de tener lo que otros poseen y la tristeza consiguiente de carecer de esos bienes o de esas cualidades.

Seamos sinceros y admitamos que en más de una ocasión hemos envidiado algo de alguien. Yo todavía recuerdo cómo me sonaban las tripas cuando veía a mi compañero de pupitre en el colegio desenvolver el bocata que traía todos los días. Esa envidia era de todo menos sana, por mi forma de segregar jugos gástricos.

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