Morirse de risa
Ahora que la esperanza de vida nos va a hacer centenarios, no me quiero morir de viejo pellejo o agarrándome a la vida desesperadamente para no traspasar la frontera que nos separa entre el naufragio y el hundimiento.
Si tuviera la oportunidad de escoger la manera de morirme, no tengo la menor duda de que me gustaría hacerlo riéndome sin parar, de cualquier tontería, con mi querida prima Cristina o con mi queridísima hija Amaya y con sus amigas.
La risa produce la secreción de endocrinas que alivian el dolor y controlan la ira, pudiéndose darse la circunstancia de morirse de ataques de risa, como le ocurriera al pensador griego Crisifo (siglo III antes de Cristo) al ver a un burro comiendo higos, o al otorrino danés Ole Bentze mientras veía la película “Un pez llamado Wanda” a finales de los noventa.
Sin embargo, no es este mi caso, porque yo aspiro a morirme de risa, sin más, sin ataques ni convulsiones, en una conversación con amigos, morirme así, y que me sorprenda la muerte riéndome a carcajadas, con la sonrisa en la cara.
Me imagino en el velatorio a toda la familia y a los amigos preguntando por mi fallecimiento, y a mis más allegados informando del motivo de mi muerte.
-¿Pero cómo ha sido? Si estaba estupendamente…
-Pues fíjate. Con 105 años, quién iba a decirlo, se podía haber muerto de viejo o por alguna enfermedad, como todo el mundo. Pero él estaba hecho de otra pasta y se ha muerto de risa.
-¿De risa? ¿De un ataque de risa?
-Nada de ataques. De pura risa. Se ha muerto como él hubiera querido.
-¿No habéis podido reanimarle?
-Reanimarle, ¿para qué? Mírale. Mírale a los ojos. Está muerto de risa. Ayer no paró de reírse en toda la noche y hoy nos lo hemos encontrado como le ves, muerto de risa.
-Siempre nos decía: no quiero ver caras tristes, y menos en mi funeral. En vez de misa, una buena película cómica, como “Ocho apellidos vascos” o “Aterriza como puedas”, y un cocktail bien surtido amenizado con un DJ que ofrezca una mezcla musical que anime a la gente a bailar. Y como remate, un monólogo de Leo Harlem por si alguien quiere terminar la velada muriéndose de risa.
- Así era él. Solo quería buen rollo y risas a su alrededor.
Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.
Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:
Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo

