Morirse de risa

27 de Diciembre del 2019 - Enrique Stuyck Romá (Madrid)

Ahora que la esperanza de vida nos va a hacer centenarios, no me quiero morir de viejo pellejo o agarrándome a la vida desesperadamente para no traspasar la frontera que nos separa entre el naufragio y el hundimiento.

Si tuviera la oportunidad de escoger la manera de morirme, no tengo la menor duda de que me gustaría hacerlo riéndome sin parar, de cualquier tontería, con mi querida prima Cristina o con mi queridísima hija Amaya y con sus amigas.

La risa produce la secreción de endocrinas que alivian el dolor y controlan la ira, pudiéndose darse la circunstancia de morirse de ataques de risa, como le ocurriera al pensador griego Crisifo (siglo III antes de Cristo) al ver a un burro comiendo higos, o al otorrino danés Ole Bentze mientras veía la película “Un pez llamado Wanda” a finales de los noventa.

Sin embargo, no es este mi caso, porque yo aspiro a morirme de risa, sin más, sin ataques ni convulsiones, en una conversación con amigos, morirme así, y que me sorprenda la muerte riéndome a carcajadas, con la sonrisa en la cara.

Me imagino en el velatorio a toda la familia y a los amigos preguntando por mi fallecimiento, y a mis más allegados informando del motivo de mi muerte.

-¿Pero cómo ha sido? Si estaba estupendamente…

-Pues fíjate. Con 105 años, quién iba a decirlo, se podía haber muerto de viejo o por alguna enfermedad, como todo el mundo. Pero él estaba hecho de otra pasta y se ha muerto de risa.

-¿De risa? ¿De un ataque de risa?

-Nada de ataques. De pura risa. Se ha muerto como él hubiera querido.

-¿No habéis podido reanimarle?

-Reanimarle, ¿para qué? Mírale. Mírale a los ojos. Está muerto de risa. Ayer no paró de reírse en toda la noche y hoy nos lo hemos encontrado como le ves, muerto de risa.

-Siempre nos decía: no quiero ver caras tristes, y menos en mi funeral. En vez de misa, una buena película cómica, como “Ocho apellidos vascos” o “Aterriza como puedas”, y un cocktail bien surtido amenizado con un DJ que ofrezca una mezcla musical que anime a la gente a bailar. Y como remate, un monólogo de Leo Harlem por si alguien quiere terminar la velada muriéndose de risa.

- Así era él. Solo quería buen rollo y risas a su alrededor.

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