El deán asturiano de Compostela
Don José María Díaz Fernández fue el mejor deán que haya tenido la metropolitana de Santiago en muchos siglos. Medievalista sabedor profundo, conocía como nadie la historia de la Iglesia romana, teólogo y canonista puro y al mismo tiempo hombre del pueblo. Tuve la suerte de ser su discípulo cuando era precepto en el diocesano segoviense. Sus clases y sus pláticas eran una delicia, sobre todo cuando nos ponía en guardia contra lo que llamábamos amistades particulares, ambiente cerrado de los seminarios, hormonas en revolución, no nos echaban bromuro en el café con leche, y algún educando pobrecillo se enamoraba del compañero de terna.
Hay que distinguir entre amigos, amiguetes, amiguitos y amiguiños, decía aquel buen sacerdote que venía de la Gregoriana de Roma y nos hablaba de su Mondoñedo natal (su familia procedía de la asturiana parte de los Oscos).
Advertencia profética porque tales recelos han redundado en esa hemofilia de los escándalos sexuales con que los enemigos de Cristo tiran ahora Barro a los ojos de la SRI, precisamente los que secundan el aborto, el adulterio, la buharronería y la promiscuidad sexual.
He de confesar mi estupor y consternación cuando aquel electricista hipócrita redomado al que el deán de Compostela había colocado como fabriquero capitular sustrajo la preciosa joya bibliográfica y la guardó malamente en un muladar. Típico de Chema, aquel rubiales al que nosotros conocimos en Segovia de misacantano y nos hacía reír con sus chistes y su maravilloso acento gallego.
(Continuará)
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