Calumnias

30 de Diciembre del 2019 - Antonio Parra Galindo (Cuideiru)

La crucifixión del exdeán de Compostela

Víctima de calumnias y esos malos quereres emponzoñados (el diablo con frecuencia entra a saco dentro de las sacristías y cenáculos), don José María Díaz Fernández pasa sus días octogenarios en su querido Mondoñedo, apartado de su ministerio y confiando en que la justicia divina le devuelva la honra que le quitaron los mundanos.

El arzobispo Barrio le destituyó de su decanato y de la canonjía y hubo de abandonar el cargo de archivero. Esto sea acaso lo que más le dolió, porque es una eminencia en historiografía y conoce como nadie la historia de la Iglesia, con sus grandezas y servidumbres como toda obra humana. Sufrió persecución por la justicia (decir la verdad siempre molesta), pero él siempre espantó demonios, como buen exorcista de la palabra y de la pluma. Han sido siempre sus armas junto con el ferrete coruñés y la ironía asturiana. El Maligno le tendió una trampa porque lo acusaron de haber dado una palmada en el culo a un monaguillo. Los que le conocíamos y admirábamos cuando fue nuestro prefecto en el seminario de Segovia somos conscientes de que eran gestos muy suyos, “cosas del gallego”, decíamos, pues a un tal Izquierdo, alumno de retórica, al que llamábamos Pénjamo, le hizo salir de la terna, ponte firmes, eso no se hace, y le pegó una patada en las posaderas que por poco le manda a Fernando Poo por haberse llevado tres hogazas a la camarilla dentro del guardapolvos y luego las vendía a dos reales cuando apretaba el hambre.

Doy testimonio: don Chemari no tenía nada de marica. Al contrario, precavía a todo el curso contra el amor a los efebos, es más: los griegos eran, por cierto, nos decía, inclinados a la sodomía: Aristóteles se acostaba con un muchacho, Orígenes emasculóse para evitar pecado nefando, y en el siglo XVI la Ciudad Eterna era el gran varadero de la prostitución europea (pululaban más de quince mil por la Vía Apia y hacían la carrera junto a las tapias del Castillo de Santangelo); muchos cardenales hacían a pelo y a pluma. Roma peccatrix.

La curia siempre fue pecadora y descreída. Un Papa Borgia, el padre de Lucrecia -esto también nos lo contó en una de sus charlas el P. Díaz-, decía durante una gran comilona con sus fámulos mirando para los Evangelios: “Ese librito con sus cuatro fábulas nos ha hecho ricos y famosos”. “Sin embargo, queridos seminaristas”, concluía, “tales oprobios y maldades no han de ser óbice jamás al depósito de vuestra fe, porque fuera de la Iglesia no hay salvación ‘extra Ecclesiam nulla salus’. Tenéis que ser hombres enteros, gentes normales, no andarse con repulgos ni tiquismiquis; el cristianismo no es un problema de bragueta”.

Estas sentencias de mi maestro las tuve muy presentes a lo largo de mi vida, me han afianzado en el amor a Cristo y a la gran tradición de dos milenios de cristianismo. Me causa, más que indignación, furor y santa ira -cogería un látigo y echaría a vergajos a los profanadores del templo, como hizo nuestro Señor- ante la hipocresía de ciertos sectores que desde dentro y fuera de la Iglesia ven en el otro la mota en el ojo cuando ellos mantienen una viga en el suyo. Andamos a vueltas con una nueva raza de víboras.

Abundando en ello, Díaz Fernández es un teólogo de categoría, un litúrgico de categoría y un maestro de ceremonias como no había otro en cabildo catedralicio sobre la Piel de Toro.

Hace unos años descubrió en el archivo compostelano un inédito de Quevedo bajo el rótulo de “Contra Iudeos”.

A lo largo de sus páginas, don Francisco se despachaba a sus anchas contra los cristianos nuevos. Retrataba a Teresa de Jesús como una ninfomaniaca del confesionario (de hecho, la crítica moderna admite que pudo tener amores con el Padre Gracián). Juan de Ávila era un perverso y San Juan de la Cruz un lírico algo pornográfico escudándose en el Viejo Testamento, y a Ignacio de Loyola un altanero vasco un poco borrachín... Bien estén los santos en sus retablos.

Como es sabido, en la gran pendencia que hubo en el siglo XVII sobre el patronato, unos (godos) decían que el verdadero patrón de España era Santiago, mientras los conversos (hijos de Moisés), con ese furor que siempre caracterizó a los españoles de origen judío, declaraban incontrovertiblemente patrona de las Españas a la mística abulense. Puede que la víbora de la calumnia contra el querido exdeán apartado de sus cargos -gracias a Dios no ha sido suspendido a divinis-, alimentada por un arzobispo que viene de un pueblo de Zamora donde hasta hace poco tiraban a los forasteros al pilón y defenestraban a una cabra desde el campanario, yazga en tales infames escondrijos. Conjeturo que los tiros pueden ir por ahí.

Este buen sacerdote [1] ha sufrido con longanimidad y paciencia la picadura de los peligrosos alacranes que andan por las curias, y una cosa: están logrando que a la Iglesia no la conozca la madre que la parió.

Porque ellos se están pasando con armas y bagajes al enemigo enarbolando la bandera de la pudibundez sexual y del feminismo torcaz.

[1] Al deán le gustaba posar con la cruz colorada de la ordensantiaguista sobre el pecho; lo mismo hacía Quevedo.

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