Una medida de felicidad... se puede intentar
¡Feliz año nuevo! Cada vez suena con menos convicción este saludo porque en el fondo ¿quién cree realmente que este año estará libre de desafíos al Estado, se asesinará a menos mujeres y se quemarán menos contenedores? Pero resulta tan agradable que alguien nos desee... felicidad. Desear no cuesta mucho, en realidad, nos pasamos la vida deseando; otra cosa es poner el alma para que el otro sea feliz, eso sería desear de verdad, pero claro, luchar así por todos aquellos a los que deseamos algo bueno suena a cuento Waldisnrico -ya que estamos con las palabrejas- cuando apenas tenemos fuerzas para tratar de hacer feliz a las personas de nuestro entorno; además, ¿qué es lo que entendemos sobre felicidad? Hoy la búsqueda se centra demasiado en las cosas materiales o en la desinhibición moral. En mi infancia -la de la posguerra- nadie tenía mucho en sentido material, pero la misma lucha por una nueva vida nos unía, ya que prácticamente todos estábamos en el principio de esa carrera en pro del esperanzado objetivo; las personas se apoyaban para alcanzarlo, y ese mismo apoyo producía felicidad. Qué certeras son estas palabras de Jesús: "Hay más felicidad en dar que en recibir" (Hechos 20:35). Recuerdo que en Las Delicias (barrio de Zaragoza), donde pasaba los veranos con los abuelos, solo había dos calles asfaltadas: la "carretera de Madrid" y la calle Delicias. Nadie tenía un automóvil, pero sí algunas gallinas o unos conejos. Un día, la abuela anunció en la mesa ante el abuelo, dos hijos veinteañeros y el nieto: "Hoy había arroz y conejo para comer, pero como la Felisa no tenía nada que poner en la mesa para sus hijos, pues hoy tenemos la mitad del arroz y la mitad del conejo". La abuela no era muy divertida, pero la quería todo el mundo. El recuerdo todavía me deja una sensación feliz.
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