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Un ovetense que alcanzó la santidad

1 de Enero del 2020 - Antonio Parra Galindo (Cudillero)

El 18 de julio del hermano Rafael, día que entró en la Trapa de Dueñas. Roguemos su intercesión por España en este trance difícil.

En la mañana del 18 de julio de 1936, a la sombra de una parra y debajo de ardientes racimos de uvas que enveran un novicio del monasterio trapense de San Isidro de Dueñas, escribe en un cuaderno de pastas de hule. Fray Rafael Arnaiz Barón se lamenta de su bisoñez en el manejo de la pluma... Quién supiera escribir, dice. No trata de hacer ninguna literatura sino de relatar lo que su alma siente en esos momentos: acababa de llegar de Oviedo en un automóvil de su padre; a la puerta del convento tira el cigarrillo que llevaba en la mano y arroja a un seto todo el paquete. Aguarda una vida de penitencia.

El joven renunciaba así al mundo e iba a iniciar una andadura por la senda de la perfección de renuncia a sí mismo y de sufrimientos a causa de una enfermedad que le llevaría a la tumba: la diabetes.

Hasta aquel apartado rincón de la meseta norte castellana no llegan los estruendos de la política. España hervía de pasión. Acaba de vestir el hábito de estameña todo blanco de los donados y le vienen las mangas grandes. El sol que se cuela por entre las hojas dibuja arabescos de sombra sobre la tierra del huerto monacal.

El barbero rápale la cabeza y luce la tonsura motilona de los monjes de la observancia medieval. La escena podía haber sido pintada por Fray Angélico. El cenobio vive una calma tensa porque las noticias, aunque los clangores bélicos retumben lejanos, su eco se percibe en el claustro. San Bernardo nos protegerá, comunica el abad, pero aquel día en que se celebra la fiesta de San Camilo de Lelis ha sido suprimida la misa conventual. Después de prima llega la noticia de que se ha sublevado la guarnición de África. Y el novicio apunta en su dietario:

- Qué bueno es Dios. Yo le ofrezco mi vida por la salvación de mi patria. Nunca pasarán las cosas del punto marcado ni ocurrirá más allá de los límites de los que fije la providencia en esta hecatombe.

Dios tomó al humilde donado por la palabra. Tanto en este texto profético como en otros no puede por menos de condenar la guerra.

El fastidio que le causaba la política, un desengaño amoroso y sus tendencias homosexuales reprimidas, que hicieron acto de aparición de forma subliminal en el proceso de su beatificación -fray Rafael está ya en los altares-, se desencadenan en su espíritu a punto de comenzar una nueva existencia.

Aquel día contra lo que era habitual no se escuchaba el piafar de las locomotoras ni el largo silbido del tren de los convoyes que ascendían o descendían de Venta de Baños, el nudo de comunicaciones ferroviarias más importante de la península Ibérica, en las inmediaciones de la Trapa. Pero a mediodía se escuchó el zumbido de aviones militares. Aquel día era sábado. Entre cistercienses es la fiesta de la Virgen.

El 18 de julio de 1936 se cantó la Salve con más unción que de costumbre. Los frailes se hablaban por señas. La excitación general había traspasado los muros seculares de aquel convento de más de ocho siglos y aunque la jornada discurrió con la parsimonia habitual había corrido la voz de que la comunidad de más de doscientos trapenses podría ser evacuada o dispersada.

Mientras escribía en su diario el novicio sintió ardientes deseos de fumar, "encendería ahora mismo con gusto un pitillo", pero se inhibió con un vade retro y lo ofrendó como un sacrificio sabatino a Nuestra Señora.

El hermano Rafael había llevado una vida a todo tren. Casas y hoteles de lujo, los bailes y soirées del Palace, coches deportivos que él gustaba de guiar a gran velocidad. Los veranos nadaba en las playas de Asturias o escalaba las cumbres de Gredos o de los Picos de Europa. Era un sibarita. Sus padres los marqueses de Maqueda le habían dado una educación en los mejores colegios de España y de Europa. En las fotos aparece como un joven distinguido, elegante. Un bigotito de ala de mosca le daba aires de actor de cine. Conseguido el título de arquitecto, tuvo una crisis espiritual, colgó sus aspiraciones mundanas y renunció a la Opera a la cual era muy aficionado como buen ovetense. Aunque nacido en Burgos en 1911 -se cumple pues su centenario- vivió en la capital del principado desde los dos años y se consideraba carballón por los cuatro costados.

Cuando acabó la carrera su padre le regaló un Hispano Suiza en el cual viajó por España. En el verano de 1931, cumpliendo el servicio militar en el Regimiento del Pardo, cayó en sus manos una Vida de San Bernardo. Esta biografía en francés determinó su vocación hacia el Cister y de hacerse trapense que es la regla más observante de las constituciones del Abad de Clararaval.

Pronto se escuchó la llamada de la campana que convocaba a la comunidad a la iglesia para entonar tercia y después de sexta ya le estaba esperando el hermano Terselino que dirigía a la cuadrilla de donados encargados de segar la mies y embastarla en los haces. No se le daba muy bien esta dura tarea al oblato. De vez en cuando el maestro de novicios le hacía señas para que no se quedase rezagado. "De buena gana me echaría un cigarro y después un trago de la botija, pero hoy es sábado y hay que privarse de cualquier capricho para ofrendárselo a Nuestra Señora por la salvación del mundo y la reconciliación de los españoles", pensaba, pero siguió agachado sobre el surco manejando torpemente la hoz y la zoqueta.

Su constitución no le facultaba para las tareas del campo; en cambio nada dijo al superior y ocultó hasta donde puro su condición de diabético. Uno de los síntomas de este desarreglo de la sangre es la limosis (ferviente sed).

La abstinencia del agua la observó hasta los últimos momentos pues estando ya a punto de morir se levantó del lecho, puso la cabeza debajo del grifo de los lavabos, pero evitó arrimar los sedientos labios a la canilla. Estos pequeños gestos heroicos de mortificación los convirtió el Beato Rafael en instrumento de santificación. Sufría en silencio tormento de la sed y de hambre, un hambre anormal y morbosa, que los médicos llaman bulimia también y que sería uno de los tormentos que padeció Jesús en el Gólgota.

Parece ser que el hermano Terselino fue una especie de cabo de varas que le echaba en cara su flojera en las tareas del campo, y el abad pensando que era un inútil le puso en la calle. Terselino operando de abogado diabólico hizo las veces de instrumento de santificación de Rafael.

Fue despedido de la congregación, pero no hay fuerza contra la voluntad divina. Una serie de circunstancias inexplicables abocaron a que Rafael volviera a ingresar en la Trapa por segunda vez.

Lo mataban de hambre, pero nunca se quejaba. Fue un mártir del hambre y de la sed dada su condición de diabético. Hay santos que aparentemente no sirven para nada, pero son de mucho valor para el tesoro de reservas de gracia divina denominado la Comunión de los Santos. Dios escoge para el dolor.

Y aquel 18 de julio el hermano Rafael tuvo una visión y profetizó que empezaba un tiempo de purificación entre los españoles, aunque se avecinarían males peores para la Iglesia un siglo después. A 75 años vista de aquella sofoquina canicular, cuando no le surgía nada de la cabeza para apuntarlo en su prontuario y el hermano encargado de las cuadrillas de segadores le estaba llamando vago por señas, utilizando el lenguaje mudo de los trapenses pienso que se han convertido las palabras de aquel siervo de Dios en realidad. Supliquemos a Dios la intervención del ovetense para España en estos momentos por los cuales atraviesa la patria. Ojalá aquel bendito interceda ante el Todopoderoso para que se apiade de esta España que nunca a lo largo de la historia estuvo tan lejos de Cristo y de su vocación católica.

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