Francisco, el Papa de la mujer
En una homilía memorable que, con toda seguridad, pasará desapercibida en esta vorágine de la Nochevieja y del Año Nuevo, el Papa Francisco ha defendido la dignidad de la mujer en todas sus dimensiones privadas y públicas. La ocasión era sin duda única, de la Festividad Litúrgica de Santa María Santísima, Virgen y Madre de Dios. En la humilde muchacha María de Nazaret ha visto el Papa la inmensa dignidad de la mujer y su papel en la sociedad. El Papa ha condenado con firmeza todas las agresiones que sufren las mujeres en la sociedad; físicas, morales y religiosas: la trata de mujeres y la violencia contra ellas, víctimas de la explotación sexual y de la pornografía; las dificultades innumerables que encuentran en su vocación maternal, aborto como método de control de la fecundidad y limitación de los nacimientos. Marginación social y económica; son las mujeres las que soportan marginación laboral y económica, muy especialmente las madres solteras y las familias monoparentales, en las que las mujeres sufren discriminación, para cuidar sus familias. Para el Papa la mujer tiene un papel insustituible en la sociedad; su pérdida empobrece a todas las instituciones: Iglesia, familia, instituciones educativas, ayuda a la dependencia, políticas sociales. La sociedad no puede prescindir de la aportación de la mujer sin empobrecerse radicalmente. Aporta la mujer a la sociedad su paciencia, espíritu de sacrificio, de humanidad y ternura, sin las cuales la sociedad aparece como más adusta por las ansias de poder y dominio del varón.
Resulta vergonzoso que los medios hayan dado una cobertura abusiva y tendenciosa al episodio de la mujer regañada amablemente por el Papa Francisco, a la que ha pedido disculpas por su reacción, muy normal si se tienen en cuenta los continuos peligros por los que pasa el Papa, cuando se mezcla con las multitudes, soportando verdaderas dificultades por las que el Papa podría sufrir algún serio percance, como sucedió en la Jornada mundial de la juventud en Brasil. Todos; hombres, mujeres, más estas, jóvenes y ancianos quieren abrazarlo, estrecharle las manos y sujetárselas el mayor tiempo posible, llevados, como fue el caso de esta mujer impetuosa y fervorosa, de una inocente devoción por el Papa Francisco, quien con humildad confiesa que fue un poco impaciente en su reacción de desprenderse de las manos de la mujer afortunada. Lo que aún lo engrandece más.
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