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Un vuelo extraño

3 de Enero del 2020 - Marcelo Noboa Fiallo (Gijón)

Una de las características de la sociedad de consumo de hoy es la voracidad por viajar. La voracidad por consumir viajes “low cost”. Consecuencias directas de ello, es la masificación de los destinos turísticos y unos aeropuertos colapsados en los que, con demasiada frecuencia, se convierten en carrera de obstáculos, con colas interminables, empujones y salidas de tono de viajeros irritados. Este esperpento “vacacional” suele multiplicarse hasta donde uno pueda imaginar en fechas de entrañables querencias familiares, como son las Navidades.

Nunca he viajado por Navidades y, peor aún, el día de Nochebuena, salvo este año que tuve que viajar a Irlanda desde Málaga para pasar unos días con mi hija. El aeropuerto de Málaga, sorprendentemente (al menos para mí) semivacío. Los controles de seguridad fluidos y las puertas de embarque con poca gente. Mi vuelo aparecía en pantalla por la puerta de embarque C-25. En la misma, no había nadie y faltaban 40 minutos para la salida. Mi cultura judeo-cristiana, agravada por una memoria frágil, me suele invitar a buscar acomodo en “la culpa” (“no he mirado bien la pantalla”... “me he equivocado de número”...). Pero esta vez no. No era el caso, la puerta de embarque era la correcta, porque pregunté a una trabajadora de Ryanair, quien me añadió que había trece pasajeros que habían comprado billete (de un vuelo para 200). Al final solo nos presentamos once. Era la primera vez en mi vida que embarcaba el primero (parecía que nadie quería embarcar).

Estuvimos 30 minutos al pie del avión sin poder acceder al mismo. Observé que las dos únicas maletas facturadas (la mía y la de otro pasajero) eran retiradas del avión. “Malo”, me dije. A continuación, nos comunicaron que el avión tenía problemas y que nos llevarían a otro. Conociendo como conocemos las prácticas mafiosas del dueño de Ryanair, Michael O’Leary, lo normal era pensar que, al ser tan pocos pasajeros, nos dejaría en tierra, pero se ve que pudo más su profundo catolicismo irlandés que le impedía dejar a once pasajeros sin la comida de Navidad en Irlanda.

En el interior del nuevo avión, el panorama era desolador. No era fácil averiguar dónde estábamos sentados cada uno de los pasajeros. Me dispuse a grabar con mi teléfono móvil este vuelo extraño, este vuelo “casi” sin pasajeros, porque recordé que hace no muchos días había recibido por Facebook la grabación que un supuesto pasajero (supongo que tan supuesto como yo) que había grabado el interior de un vuelo de Santiago de Chile a Madrid, con muy pocos pasajeros y aprovechaba la ocasión para arremeter contra las movilizaciones populares que tienen a Chile paralizado desde hace más de un mes con 23 muertos en las calles. Par él, ese vuelo era el fiel reflejo del caos económico que sufre Chile por culpa de las huelgas y manifestaciones provocadas por quienes quieren destruir Chile.

Me fue inevitable pensar lo fácil que es generar “fake-news” con un teléfono móvil en la mano. Ya en casa de mi hija, me dispuse a enviar a mis amigos el “documento” gráfico de mi extraño vuelo, pero se ve que mi móvil ha empezado a sufrir las consecuencias de su “obsolescencia programada”, no había quedado rastro de la grabación. Solo tengo por testigo a mi esposa, quien empieza a dudar si de verdad tomamos este vuelo extraño.

Ayer, último día del año 2019, recibí una felicitación de Año Nuevo de parte de Michael O’Leary... todo un detalle.

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