Agujero negro en el Congreso
Amanece, pones la radio y empiezan las palpitaciones. Fíjense si hoy me he puesto serio que, en vez de jugar con la ironía y el sarcasmo, después de la astracanada guerracivilista del Congreso, donde los nobles y desinteresados servidores públicos, con inigualable amor al trabajo, se han “zurrao” de lo lindo, estimulando, azuzando, exacerbando los sentimientos más básicos de odio y de terror, me permito recordar una verdad obvia, desprovista de carga apocalíptica:
El Rey, quizás el Borbón mejor preparado de la historia de España, es el jefe supremo de las Fuerzas Armadas. Hasta ahí. Ahora léanse el artículo 8 de la Constitución, la ley máxima, y no hiperventilen elucubrando con el caos, por favor.
La Constitución asigna a las FAS la misión de “defender la soberanía e independencia de la patria, su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”. Así de claro. Y al Rey, jefe del Estado, le asignan el mando supremo de todos los ejércitos. Es lo que hay.
Una pregunta a las buenas gentes de izquierdas del foro, siempre tan ecuánimes, ponderadas y pensando en los más desfavorecidos: ¿creen posible la balcanización de España? ¿Asoma el “Homo hispanicus”, después del lince ibérico y el koala, al abismo de la extinción? ¿Debemos estar preocupados?
Aunque a alguna clase de tarados le das confianza, poder y mando, y en 24 horas te ha liado una masacre, España no se va a acabar, gobiernen unos o gobiernen los otros.
Sí es verdad que pueden hacerlo mejor o peor, con honor o deshonor, perjudicar a unos en detrimento de otros, o perjudicar directamente a todos. En este supuesto, nos olvidamos del artículo 8 y miramos directamente a Bruselas, que, a su vez, nos mira permanentemente.
Cuando Sánchez, al que solo le importa la opinión de Pedro Sánchez (y es inmejorable), tuvo el lapsus de decir aquello de: “No pactaré con populistas, ni antes, ni durante, ni después”; “quiero que España sea un país avanzado de Europa; otros lo que quieren es llevarlo por la deriva de la Venezuela chavista. Eso son las cartillas de racionamiento, la falta de democracia, una mayor desigualdad y pobreza”; “deben saber cuál es el final del camino que proponen: la Venezuela que algunos de sus dirigentes han asesorado durante años”, no pude evitar que, debido a la emoción, unos lagrimones como cocos de La Habana se deslizaran por mis mejillas; aunque, claro, una cosa es el Sánchez candidato/oposición y otra el Sánchez presidente. Nos lo explicó muy bien la oriunda de Cabra. En cualquier caso, los biznietos de nuestros nietos lo recordarán en sus textos de “histeria” nacional.
Como ya entramos en lo lúdico y jacarandoso, he de confesar que, cuando el mismo personaje, refiriéndose a los impuestos, dijo: “Nuestro compromiso es que no se va a subir ni un céntimo de euro a la clase media y trabajadora”, deseé que el presunto presidente lo fuera para siempre. Es la palabra de Sánchez, oiga, que, aunque está permanentemente reñido con la verdad (así funcionan siempre estos estafadores morales), me deja mucho más tranquilo saber que ¡en ningún caso! me va a subir los impuestos.
Otro punto de atención, superado el miedo al piolet fiscal, fue soportar con cristiana resignación la sesión de investidura y comprobar si Iglesias repetiría con Sánchez el espectacular ósculo “congresual” que en su día le plantó en todos los morros, ante el delirio del personal, a Domènech.
En los libros de Historia figurarían, como sinónimo de traición, el beso de Judas a Jesús; el beso de Domènech a Iglesias y el beso de Iglesias a Sánchez. No hubo tal, por falta de “feeling”; si acaso, un tímido abrazo que no presagia una relación consistente y duradera, porque ni uno se fía del otro, ni el otro del uno, pero se necesitan.
El presidente de Estados Unidos Thomas Jefferson dejó dicho: “A mí no me preocupa demasiado que un político vulnere las reglas de la democracia, suelen intentarlo; me preocupa que el pueblo y la sociedad no reaccionen”.
Saludos cordiales.
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